La mañana del domingo 12 de julio de 2020, de entre todos los libros que tiene Lizbeth en su librero, el que más llamó mi atención fue este. Originalmente publicada en Goodreads.
En el 2008, yo aún trabajaba en la Casa de la Cultura de Nuevo León, apoyaba como auxiliar de la Biblioteca, había comenzado a escuchar toneladas de música, guiado e influenciado por el buen Gildardo, iba al Garage en el Barrio Antiguo de Monterrey, y estaba a punto de separarme de mi pareja en la que fuera mi segunda relación más larga hasta ese momento.
En ese contexto leí Sputnik, mi amor, la primera novela de Murakami a la que me había acercado. No recuerdo que me dijera gran cosa, me queda el halo de una prosa que sentí fría, distante, casi podría decir aséptica y una atmósfera clínica.
Recuerdo que mi tocayo y sensei, el Arturo, me preguntó si tenía la de Tokio Blues Norwegian Wood, del Murakami; y sí, se la terminé prestando. En una tocada de quién sabe qué grupo, en el Garage, me la devovió. Ni idea si le gustó o no. Hace qué, 11, 12 años de eso.
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Hoy, reacomodando libros por todo el departamento, le platicaba a la Lizbeth sobre mi interés en saber qué libros dejaba más a la vista, porque yo tengo esa costumbre de husmear los libreros y estanterías de las casas que visito, me dan una idea de lo que le interesa o puede interesar a las personas que habitan ese espacio; alimento mis prejuicios leyendo los lomos de los libros que guardan conocidos y extraños.
La mañana del domingo 12 de julio, de entre todos los libros que tiene Lizbeth en su librero, el que más llamó mi atención fue este; así que lo tomé, agarré mi taza de café de olla cargadísimo, me senté en el piso del comedor, y mientras esperaba que ella terminara una videollamada con sus amigas en distintas ciudades del mundo: me puse a leer.

Desde las primeras páginas me atrapó, y me intrigaba más saber si le había gustado a su dueña, o qué opinaba de este libro, o cómo había llegado a sus manos.
Seguí leyendo un poco más y dejaba que el sol que entraba por la puerta doble de cristal que daba a un pequeño balcón me calentara un poco. Levantaba la vista y me permitía que la trama de Watanabe se fuera colando con mis pensamientos de esa mañana.
Una vez que terminó su llamada y mientras almorzabamos me contó que a ella no le había gustado el libro, y eso fue el detonante para que me interesara leerlo, jaja. Además, se ofreció a prestármelo, aunque yo estaba seguro que sí tenía mi copia en mi departamento, cosa que no es así. También, insistió un poco, “este fue el libro que me acompañó en mi viaje de hace unos años por Europa”. El libro se veía un poco maltratado y con una pequeña mancha de café en las primeras hojas, todo eso, y la mirada y la sonrisa de ella eran lo único que necesitaba para desear leerlo. Así que lo acepté y me lo llevé.
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Watanabe narra la novela desde sus 37 años, recordando sus años de universidad, la muerte por suicidio de su mejor y único amigo, Kizuki, y lo que sucedería tiempo después, con otras personas a las que se volvería cercano: Naoko, ex novia de Kizuki, Midori, una compañera de su carrera, y Reiko, una especie de doctora/enfermera/sanadora espiritual.
La novela te atrapa, al menos a mí, demasiadas referencias literarias y musicales, un trasunto de la novela es La montaña mágica, de Thomas Mann, (libro que servía de ¿base? a la lámpara en la mesita de noche de Lizbeth: ¿habrá leído ese libro por este otro? ¿Coincidencia?).
De La montaña mágica recuerdo que me dijo mientras desayunábamos que tampoco le había gustado y que le había parecido aburridísimo, y recordaba haber platicado con el Arturo “hace poco” –voy buscando la conversación, y eso fue en julio de 2018, ¡¡julio de 2018!! Maldita memoria–:
Hace poco me compré una edición de Edhasa de La Montaña Mágica había intentado leerla también como en 1998. Y no avanzaba de la página 40. Me parecía un ladrillo insulso y mal contado. Y ahora que intenté de nuevo PUM! Pinche novelón pendejo. Volví a percibir ese carácter distante del narrador que creo recordar de la otra novela.
Conversación por Messenger
Distancia en el tiempo, en los narradores, en las conversaciones, en la memoria que es más poco confiable que nada, y por tanto más segura que todo dato comprobable.
Toda la lectura de la novela estuvo acompañada de seguir conversando con Lizbeth y adentrarme en su mundo, en sus ideas, en su vida: “Creo que ya sé por qué no te gustó la novela, o al menos tengo algunas ideas”, le dije. “Por la aparente frialdad de sus personajes, por su tratamiento del sexo, de las relaciones interpersonales, por su tristeza profunda”, me aventuré en adivinar. Todavía es día que no platico con ella sobre el libro porque primero quería escribir este comentario sobre mi lectura. Primero quería aterrizar un poco mis ideas, yo, un poco como el narrador: “soy ese tipo de personas que no acaba de comprender las cosas hasta que las pone por escrito”.
Me gusta el minimalismo de la novela, pocos personajes, un narrador que no parece cuestionarse gran cosa el mundo que lo rodea, pero que lo ve con unos ojos que siento que terminan por atravesarlo todo, por expresarse del mundo “hablando raro”, en palabras de los demás personajes, pero en el fondo, siento, siendo brutalmente honesto, sin filtros, abierto y transparente, estamos tan acostumbrados a las convenciones sociales, que cuando alguien, educadamente, no las sigue, nos parece extraño y ajeno.
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Entre la carga de mi trabajo, estar absorto conociendo a la increíble mujer que es la Lizbeth, y tratar de ir al día con la lectura de La estación de la calle Perdido, de China Miéville, que debía leer durante ese mes de julio también para el grupo de lectura de ciencia-ficción al que estoy adscrito; Tokio Blues fue el único libro que pude terminar de leer.
Me gustó, me gustó su trama y cómo se fue desarrollando, me gustó su acercamiento a las enfermedades mentales y en alternativas de tratamiento, me gustó que los personajes se aceptaran limitados, uhm, bueno, no así, quiero decir que los personajes de esta novela de Murakami son conscientes de sus limitaciones, de sus fronteras. Me gustó que me la prestara ella.


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