Ayer no importa si ya se fue

Este no será un comentario elogioso: lo prometo.

Fuera su biografía también. No se confunda la biografía del autor con su obra de ficción. Dejemos fuera los datos comprobables, los hechos. Todo esto es una novela, una ficción. No, no es sueño ni alucine. No es poesía tampoco. «¡Que viva la música!» son puros cuentos, puras mentiras, puro invento e imaginación enfermiza y barroca.

Ya desde la dedicatoria que desdedica el novelón, los epígrafes proféticos, la primera página del libro: palabras volátiles que desmiembran concisamente la narración de una mujer al final de sus días: sigue joven y ya no.

El confrontar a un lector desde el inicio va forjando la relación de la lectura, la narradora parece decir entre líneas «de esta no sales indemne. No».

Es casi imposible soltar o separarse de la historia, el ritmo vertiginoso que nos pone al pie del precipicio nos invita a seguir leyendo, a seguir escuchando las palabras que acompañan a la música que ya se crea en nuestra mente.

Una melodía de tonos y voces va componiéndose conforme avanzamos y no paramos y como la mejor de las canciones: no queremos que pare nunca, queremos que se engarce y que enlace y que crezca y se alargue y se vuelva interminable y que el ritmo nos guíe, y cuando creamos caer rendidos nos gire de nuevo y levante el vuelo de nuevo y otra vez y una más y seguir así.

María del Carmen Huerta no se nos presenta, nos participa de un viaje: el único: el suyo.

Dos tiempos: el rock y la salsa. ¿Índice? Ja, ja, ja. Para nada. Una geografía caliente: Cali, Colombia. Una época: primera mitad de los setentas. Un desmadre de vida, pues.

No, no es un descenso a los infiernos. ¿Por qué habremos de tomar siempre como el infierno la caída en las drogas, el despertar libertino de la sexualidad y la incursión de estar dopado en un cuarto rodeado de desconocidos sin ver una luz, ya sea porque es de noche o porque nada más no se ve más?

Los párpados caídos, pero siempre alguien mantiene los ojos abiertos, incluso en la oscuridad, donde, aparentemente no se ve nada. Un cuadro de Rothko: negro sobre negro. Caicedo probablemente fue eso: alguien que no tenía miedo o tenía un miedo tan profundo a todo que prefería abalanzarse sobre él: sacar ventaja.

Ese andar partiendo de la psicodelia latinoamericana para después terminar en la salsa. Cachitos de música, como probaditas, como teasers que invitan a seguir leyendo a querer escuchar y estar en el mismo canal, en la misma sintonía, poder moverse al ritmo: desfragmentar la historia y volverla en una dimensión desconocida de tan retorcida.

Y al final de todo: un manifiesto:

«Si dejas obra, muere tranquilo, confiando en unos pocos buenos amigos. Nunca permitas que te vuelvan persona mayor, hombre respetable. Nunca dejes de ser niño, aunque tengas los ojos en la nuca y se te empiecen a caer los dientes. Tus padres te tuvieron. Que tus padres te alimenten siempre, y págales con mala moneda. A mi qué. Jamás ahorres. Nunca te vuelvas una persona seria. Haz de la irreflexión y de la contradicción tu norma de conducta. Elimina las treguas recoge tu hogar en el daño, el exceso y la tembladera.
Todo es tuyo. A todo tienes derecho y cóbralo caro.»

El autor, como un profeta, probablemente tuvo una visión, que poco o nada importa qué la haya disparado, donde veía con sus ojos miopes que el sueño siempre tiene un final, y que ese despertar al día, a la realidad, no es agradable nunca.

Por más hermoso, por más alentador, por más engañoso y mentiroso que haya sido el sueño, la pesadilla, no se compara con la realidad: mejor encerrarse en las letras, en los libros, en las películas que retratan lo que es y lo que no. Para terminar tirado sobre la cama, recargado sobre la barra, o ya de plano dejándose llevar por esa música que a todos nos mueve y que algunos se afanan en llamar: amor, espíritu, alma.

María del Carmen Huerta lo escribe: «y algún día, a mi pesar, sacaré la teoría de que el libro miente, el cine agota, quémenlos ambos, no dejen sino música».

Originalmente publicado en Goodreads.

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