Aprender a surfear

Hay algo en la escritura de Hustvedt que me transporta a otro espacio, que me lleva sutilmente a observar todo a mi alrededor con otro ritmo. «Desacelerar» sería la mejor palabra para describir la acción que me sucede cuando la leo.

He leído de ella El verano sin hombres, The Blindfold y Todo cuanto amé, cada una un magistral trabajo de escritura.

Leerla siempre me sume en una profunda introspección, en un periodo de reflexión sobre muchas ideas y lugares comunes con los que he poblado mi particular manera de ver el mundo, de tratar de asirlo y darle un sentido.

Este libro en particular lo sentí como una buena guía por temas que me han interesado, pero más bien como un turista, como un curioso por entender cómo podemos acercarnos a la mente y al cerebro.

“Casi no te veo que dejes el libro e investigues”, me dice Lizbeth mientras ella continúa con Virginia Woolf del otro lado de la cama. Y es cierto, muchos de los temas que trata Hustvedt, de los autores que menciona, son libros ya leídos, algunos releídos, y otros en espera, de hecho, desde las primeras páginas volví a traer cerca de mí a Luria, Jaynes y Damasio, quienes como un tercio de gangsters siento que me juzgan con sus páginas cerradas.

Hustvedt fue la punta de lanza de ese verano de 2017 en el que me di cuenta que leía muy pocos libros escritos por mujeres, y de ahí ha continuado una experiencia literaria increíble.

La mujer temblorosa quedará como un documento valioso sobre la inmersión de una persona que padece “algo” que puede ser una y otra cosa, o ninguna. Puede ser solo la condición humana de esa persona, y con ello nos abre la posibilidad de buscar entender que no podemos seguir buscando generalizar, ni tratar de meter con calzador en categorías a un grupo de personas que comparten ciertos rasgos en común.

La literatura como un acercamiento a comprender quién somos, no me refiero a mí mismo, aunque un poco sí; en este caso me refiero a Siri, quien al explorar buscando entender qué le sucede, descubre que ella “es” así, que ahora ella “es” ella que tiembla.

Algo parecido me sucedía a los pocos meses de mudarme a la CDMX, me acostumbre a que mi edificio “bailara” cada que pasaba un vehículo pesado por la calle, al grado que cuando salí de la ciudad, me extrañaba que la tierra no se moviera.

Costumbre, cotidianidad, o esta palabra tan en boga: normalizar. Comprensión, agregaría yo. Entendimiento. 

Fácilmente puedo conectar esta lectura con la que aún llevo de Antifrágil, de Nassim Taleb, oponer resistencia a lo que somos quizá no es la mejor alternativa, por el contrario, entender cómo nuestro cuerpo, nuestra mente, puede “traicionarnos”, no sería el problema, sino más bien ser conscientes de ello, estar preparados, no para dar pelea, sino para aprovechar el impulso que venga, el cambio de dirección, de perspectiva. Algo parecido a cuando surfeas, la marea hace lo suyo, debes nadar sobre la tabla un poco, fuerte, pero en algún momento debes ser capaz de ponerte de pie y dejarte llevar por la fuerza de la ola.

Y buscar terminar con gracia, sin que el agua te revuelque en la arena.

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