Una noche llega un mensaje de Emilia:
“pap. no te vayas a espantar, pero mi abuelito está en el hospital”.
Papá había sufrido un accidente vascular cerebral y se le paralizó el lado derecho, medio paralizó.
Esa noche consulté con Lizbeth, primero, y después con Esperanza, mi jefa en la chamba, y conseguí un vuelo para el día siguiente hacia Monterrey, para ver a mi papá.
Dentro de mis primeros pensamientos recuerdo que estaba el que “ese momento” había llegado, y que esperaba poder ver a papá, hablar con él antes.
Me tranquilicé mucho cuando minutos después pude hablar con mi mamá, quien se escuchaba asustada como nunca la había escuchado, y luego con mi papá, hablaba con dificultad, pero se podía hacer entender y sus ideas eran coherentes: existía la posibilidad de que no fuera tan grave.
Al día siguiente que llegué, acompañó a mamá y Emilia a recogerme al aeropuerto y hablaba mucho mejor. Alivio.
Estos textos que escribo son sobre mi experiencia de lectura, no solo de los libros en sí, me sería imposible separar lo que sucede en mi vida mientras decido encerrarme en las páginas de un libro; como me sería imposible separar al autor de su obra.
Dentro de la habitación de papá hay miles de libros apilados en estantes, mesas, muebles, sobre su cama (es una tamaño matrimonial, él duerme en una mitad, poco menos de la mitad, y el demás espacio está cubierto de libros); y en un librero metálico, en su parte inferior del lado derecho, apila los libros que ya terminó de leer, cuando los visito, voy y me asomo a esos alterillos de libros y veo qué me interesa.
Ignoraba que había salido otra de Arriaga, aún tengo pendiente de leer la del Salvaje, que un comentario de Freni me hizo posponer su lectura por tiempo indefinido, la tomé, vi el sello de “premio Alfaguara de novela 2020” y llamó más mi atención, nunca me ha gustado ese galardón, pero siempre me fijo en el jurado y leo el comentario: muy críptico en este caso:
“Narra con intensidad y dinamismo una historia de violencia en el México contemporáneo donde el amor y la redención aún son posibles. El autor se sirve tanto de una extraordinaria fuerza visual como de la recreación y reinvención del lenguaje coloquial para lograr una obra de inquietante verosimilitud.”
“Inquietante verosimilitud” me suena más a eufemismo que a gancho para despertar la curiosidad.
Comencé a leerla después de platicar un poco con papá y enterarme que según su pronóstico se iba a recuperar por completo.
Pasé con mis papás y Emilia unos buenos días y por las noches antes de dormir seguía con la lectura, después de unas buenas 50 páginas ya odiaba la novela completamente, me repetía a mí mismo que estaba mala de inicio a final, llena de clichés, lugares comunes, sus personajes me parecían absurdos y ridículos, y así lo platiqué con papá, ¿qué se le olvidó cómo escribir a Arriaga o qué?
Papá coincidía con mi primera impresión, pero había algo en cómo se expresaba del libro, algo que no decía, que me intrigó a seguirla leyendo: “La terminé por pura disciplina”, me dijo. Independientemente de eso, nos dio de qué platicar un poco durante esos días, se reía, y eso me tranquilizaba.
Una vez que regresé a CDMX le decía casi diario a Lizbeth que era muy mala esta novela, que no entendía cómo la habían premiado, ni por qué diablos leía comentarios tan halagadores.
Normalmente no suelo leer reseñas ni opiniones mientras leo un libro, pero mi asombro era mayúsculo: ¿es real que alguien escribió esto “así”?
Sin embargo, la leería, era más mi curiosidad, y quería darle fin porque sería algo que podría platicar con papá, y, quizá, en una de esas, esa hubiera sido de las últimas lecturas de él, eso me impulsaba más a seguir.
Para la página 500, decidí que tenía que cambiar mi lectura del libro, algo tenía que apreciar diferente: es el libro, es su autor, pero también es el lector, ¿no? “Los límites de mi lenguaje…”.
No era la novela, era yo. Yo con mi estulticia y mi presunción, así que decidí leerla diferente, reconociendo que son más mis prejuicios y mi sesgo que el libro en sí.
Si algo puedo reconocerle a esta novela es su ambición.
Busca por todos los medios literarios aprehender un momento histórico, un país y una ciudad escindida por la violencia, una brutalidad que alcanza a todos los niveles socioeconómicos, a todos los rincones de nuestra cultura.
Arriaga echa mano de todos los recursos literarios que siente le aportan a la novela. Polifonía de voces que hablan desde sus puntos de vista.
Muchas veces, cuando leo, me imagino que ese libro es el único sobreviviente, ¿qué pasaría si Salvar el fuego fuera la epopeya de Gilgamesh del futuro? ¿La Iliada? Viéndolo desde ese futuro improbable, siento que los libros ganan, que su universo se dota de enormes posibilidades, como sería en este caso.
Esa búsqueda del autor de abarcar un lenguaje absurdamente variado, que en muchas páginas me ha desesperado, de usar anglicismos castellanizados, palabras escritas de acuerdo a su fonética, modismos, giros inventados del habla, slang y demás, termina siendo un buen registro de las posibilidades del lenguaje, y entonces, mi lectura se torna otra. Hay una intención totalizadora dentro de la historia de amor imposible de los protagonistas.
Incluso lo veo como una defensa de la plasticidad de la escritura, de sus alcances, este tipo de novelas serían una buena respuesta a las burlas de muchos, por ejemplo un Vargas Llosa, al lenguaje inclusivo.
Hay una lectura muy profunda de lo corrompido que están nuestras instituciones, como cuando los personajes esbozan las razones de un amotinamiento en el reclusorio, dos o tres versiones que pueden ser igual de ciertas, y todas con ramificaciones con las cúpulas del poder del estado y del poder del crimen organizado: así de ambiguo es el medio en que vivimos.
Aunque sí se percibe una intención de mostrar la vida carcelaria, creo que se enfoca en la violencia de manera gratuita, como si solo mostrara que está llena de sociópatas y psicópatas, tanto en el bando de los presos como de los custodios y las autoridades a cargo, en ningún momento se habla de los miles de reclusos que están indebidamente encarcelados, de las muchas de tropelías a los derechos humanos que se dan previo al encierro y durante este, y como la tortura a lo que son sometidos desde que ingresan es utilizada como una medida de poder y sometimiento, de despersonalización del individuo, más allá de solo ser el ejercicio de la violencia sobre el cuerpo del otro.
En la creación artística es importante recordar que los creadores dotan a ciertos objetos, el lenguaje, la luz, en un universo propio, de ahí la decisión de los creadores de dotar de elementos que nos hagan ansible esa realidad inventada, la ficción es su galaxia.
Y sí, los lectores llegamos con un bagaje cultural a cuestas, pero debe existir un punto medio en el que hagamos las concesiones o aceptemos nuestras limitaciones en comprender esa obra.
Salvar el fuego termina bebiendo de muchas fuentes, desde el Otelo de Shakespeare, por mencionar la más obvia que incluso es referida en la novela, hasta unos Detectives salvajes por su estructura polifónica y por la intención de abarcar la mexicanidad contemporánea.
Bien por Arriaga, bien por el premio que recibió, espero que pueda seguir escribiendo, y espero algún día volver a leerle algo como su Escuadrón Guillotina que tanto me gustó.


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