La manera en cómo leo los libros a veces la podría comparar con una especie de Big Bang: algunos libros llegan a mis manos sin yo haberlos buscado, por mera aleatoriedad, un regalo, alguien lo dejó olvidado, qué se yo, y con una explosión inicial que se traduce en la lectura de sus primeras páginas: comienza la vida de esa lectura.
Y poco a poco, mientras avanzo entre sus páginas, esa explosión inicial va tomando forma, dotando de orden el mundo a mi alrededor, explicando y respondiendo preguntas hechas anteriormente, y otras que no había podido formular hasta mi encuentro con ese libro.
Teju Cole no me era completamente desconocido, en una de las rachas de Freni en el depa de Serapio vi que él lo estaba leyendo, pero que “el bueno” de él era otro.
También en alguna ocasión vi que papá tenía un ejemplar en español de Cada día es del ladrón (editado en Acantilado con traducción del Marcelo Cohen), y me lo llevé para leerlo “un día de estos”.
Así que cuando cayó a mis manos este ejemplar algo resonaba en mi cabeza.
En los comentarios que escribo sobre mis lecturas, me gusta hablar un poco de cómo llegué yo a cierto libro, o cómo llegaron a mis manos, porque ello dota de cierta aura la lectura, ese “origen” imprime ciertas emociones, y dota de otros valores la experiencia que será leerlo.
Extrañamente, este libro en específico llegó a mí desde Sudáfrica. Ahora no recuerdo qué razones me dio la Rebeca para traerme desde allá este ejemplar, algo debió leer sobre él, o quizá se lo recomendaron, ni idea; el caso es que me gustó el gesto, y creo recordar que comencé a leerlo ese mismo día.
Cuando leí la introducción recuerdo haber sentido una prosa bellísima y una sensación de calma, acompañada de un humor muy fino.
Y entonces lo puse en pausa.
Por mucho tiempo.
Cada que lo veía sentía deseos de leerlo, me gusta como escribe Cole, me gusta mucho. Hay una inteligencia humilde y precisa que se desprende de las líneas en cada página, un ojo que contempla con calma, con pausa, lo que observa, que se detiene a pensar y meditar lo visto, lo sentido.
Y ello me llevaba a posponer su lectura, sentía que mi caos y prisa del momento me estaban impidiendo disfrutar a fondo su lectura.
Strange and Known Things es un libro que abre caminos para la contemplación de tu entorno, te hace preguntarte si cuando viajaste a cierta ciudad la apreciaste con todo lo que se debía apreciar, o si aquella visita a un museo o a una galería fue bien aprovechada; te hace contemplar mentalmente la idea de regresarte sobre tus pasos y volver a recorrer caminos que crees que vale la pena volver a andar.
Tomé algunas notas citando pocas frases del libro, y apunté nombres de personas y lecturas y canciones y fotógafos y más, con la idea de investigarlos después, como: Bessie Smith, Bettye Swann, Jean Wells, sin embargo, la experiencia de leer a Cole es hipnótica, te atrapa y te sumerge en una atmósfera de paz, incluso en aquellos momentos en los que la protesta y el enojo son palpables, pareciera que lo hace siempre desde un lugar firme y seguro.
Ahora no recuerdo por qué pospuse tanto escribir mi comentario, seguro lo dejé para después, como dejo tantas cosas, seguro me enfrasqué en otras lecturas, en la vida que desde antes de terminar de leerlo comparto ahora con Lizbeth y que me tiene, también, embelesado y tranquilo y en paz y enamorado.
Poco antes de terminarlo, busqué qué más tenía publicado Cole, qué más había de él, vi videos en YouTube; y terminé encargando su novela Open City, decidido a leerle todo lo que tenga publicado, todo lo que publique después.


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