David Foster Wallace, Jonathan Franzen and Mark Leyner tuvieron una entrevista con Charlie Rose. Era 1996 y Leyner hacia el minuto 7’44’’ menciona sobre los espacios de espera (aeropuertos, etc.) como los últimos resquicios de lectura; sin embargo, también esos lugares están bombardeados de televisiones.
Insisto, la discusión sucede en 1996, por lo que una “generación que creció viendo televisión” es “el” tema. entre otros.
Ahora sería internet y la televisión bajo demanda quienes compiten por la atención de lectura, aunque pareciera que más bien, la atención se comparte con la misma lectura per sé, géneros literarios de fácil y rápida lectura, que no sean exigentes con el lector, en donde el lenguaje empleado no invite nunca a buscar el significado de palabras.
Capítulos breves, párrafos breves, novelas con episodios intermitentes.
La idea romántica de escribir como una necesidad, de un sentir de creación artística también se me figura como una inclinación a generar desperdicio innecesariamente. Visítese cualquier librería de segunda mano y se verán las montañas de papel en espera de… ¿qué? ¿Qué diablos esperan los libros en estantes abandonados?
El impacto y la desolación que me envuelven cada vez que visito una librería no se han ido.
Sobre todo en las librerías de viejo: tantas palabras, tanta tinta sobre papel, tantos autores, tanto… que nunca será abierto, leído ni discutido ni comentado. ¿Para qué? ¿No sería el equivalente a que un campesino cosechara algún alimento porque siente la necesidad de cultivar, aunque no tenga idea si es un producto que tenga demanda o vaya a ser consumido, o sea sobre producción?
Hace muchos años vi en tumblr una foto de Franzen y DFW y después me enteré que eran amigos, y se leían, y según yo, en algún momento DFW le pregunta a Franzen, después de publicar Infinite Jest si ya, si ya era miembro del club, ¿cuál club? El de los escritores.

Había cargado Más afuera junto con los demás libros de Franzen, los cuales aún no paso de leer unos capítulos, no porque no quiera, no porque no desee leerlos, sino porque esa prosa me gusta tanto que quiero un espacio y un momento de calma para leerlos, porque seguro otras lecturas me parecen más urgente.
El caso fue que di con el artículo que escribiera Franzen sobre DFW en el New Yorker, y me pareció necesario leer este libro.
Simplemente, puedo confirmar que para todo libro hay un momento.
Desde las primeras páginas engancha, y eso que es traducción, y aún así, la fuerza de las palabras de Franzen envuelven.
Cada artículo/ensayo se vuelve una cátedra de literatura tras cátedra de literatura. Amenos, divertidos, profundos, incisivos pero diplomáticos, está compilación de Franzen es de una belleza de esas que te hace querer leer y releer y sentarte a escribir, pero también platicar con tu pareja, con amigos, con la familia, ponerte a pensar sobre la estupidez del hombre y su lugar en el mundo.
Hace un par de años, visitando al Danilo y la Rivas, en San Miguel de Allende, fuimos a ver aves al Charco del Ingenio y fue una experiencia maravillosa, más allá de la “caza” por ver aves, la idea de tomarte el tiempo, de caminar y de detenerte a escuchar los cantos, a observar detenidamente con unos binoculares en mano, se puede volver una experiencia de paz y armonía increíble.
No hubiera leído igual a Franzen si no tuviera en mi fuero interno el amor por algunos amigos, algunas amigas, personas que estimo por ser ellas, solamente.
Normalmente, suelo escribir y que mis ideas sean dispersas, creo que esta nota estaría dentro de las más sutilmente dispersas de todas.


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