Mi deseo anticipado por leer este libro era enorme: “Uno de los mejores libros, sino es que el mejor, que leí este año” (2021), me dijo papá en una de nuestras largas conversaciones telefónicas, de esas en las que principalmente hablamos de nuestras lecturas, esos momentos en que nos aislamos del mundo y nos imbuimos de palabras e ideas.
Y estamos hablando de un hombre que “leyó poco ese año” (2021), entre otras cosas por un ataque cerebral isquémico que sufrió en marzo de ese año, “Solo leí 75 libros”, me dijo cuando por fin pude volver a visitarlo en diciembre, meses después de ese acontecimiento que le inmovilizó el lado derecho de su cuerpo parcialmente.
Su cuarto es un espacio donde hay una cama matrimonial, la mitad ocupada por alteros de libros, y en las paredes donde no hay puertas ni ventanas: libreros asestados de pilas de libros. Es en uno de estos últimos, en la repisa inferior, donde va acomodando aquellos que ya leyó, para que cuando vaya yo, pueda echarle un ojo, y elegir cuales quiero leer yo.
A cada libro que tomaba me iba platicando su opinión, a veces cerraba los ojos brevemente y me daba sus impresiones de la lectura, de todos decía algo positivo… con sus pocas excepciones.
¿Esta es la Emilie Pine de quien me hablaste? “Sí”, respondió. Y volvió a repetir lo de “mejores libros que leí”.
El año pasado leí a Isabel Zapata y a Jazmina Barrera, también incluiría a Aura García-Junco en el mix, y leyendo este de Pine siento que debí leerla también en ese año.
He comenzado a leer a Guerriero, igual, a insistencia de papá: “tienes que leerla”; y me gusta esta literatura, me sigue cansando esa necesidad del mundo editorial, o de los lectores de tener que encasillar a autoras, de tener que etiquetar obras escritas: Pine escribe y yo la leo. Punto.
Habla de ser persona, pero sobre todo, habla de ser mujer en este mundo de ahora; de la mujer que fue de niña, de adolescente, de adulta. De la mujer que no fue. Habla de su experiencia, de sus aprendizajes, de sus decisiones, de cómo ha enfrentado algunas situaciones, de cómo hizo frente a pedazos de su vida, y de cómo los rememora en su edad adulta, en la “medianía de su edad”.
Notes to Self (escapa a mi comprensión qué pensaba Random House Mondadori al titularlo en español como “Todo lo que no puedo decir”) es en verdad un libro insondable; no solo un testimonio de una persona, sino la crónica de volverse una, la exploración de la memoria como un ejercicio que devela página a página preguntas y tentativas de respuesta que pueden llevarnos a los lectores a esbozar las nuestras.
A encontrarnos, a reencontrarnos. A buscarnos. A perdernos. A caminar mentalmente por zonas a las que quizá no accedemos con facilidad, ya sea por estar muy profundas en nuestro ser, muy elevadas, o por estar escondidas por resquicios inaccesibles de nuestra mente.
Considero que Notes to Self es el tipo de literatura que nos ofrece más de lo que da por escrito, y “esa” es la literatura que me gusta leer. Esa es la literatura que me gusta compartir con papá.


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