El objetivo de este soleado sábado es que pueda escribir tres comentarios sobre tres libros que leí el año pasado y que, por dejarlos reposar un poco más en mí, y “buscando el momento adecuado para sentarme a escribir sobre mi experiencia de lectura”, fui postergando por semanas, y luego por meses.
Si alguien ha leído más comentarios míos, se habrá dad cuenta que papá es un personaje recurrente, y es que con el ritmo de lectura que se carga, uno, es difícil seguirle el paso, y dos, es un filtro muy eficiente a la hora de seleccionar lecturas.
Este de Jaume es de aquellos que en su momento papá dijo: “es una obra maestra”.
Y lo es.
Al parecer, Cabré tiene más obra, pero la verdad, me da un poco de temor abrir otro libro de él que no sea este: porque es perfecto.
Una novela río, una corriente de pensamiento del protagonista que nos lleva por demasiados recovecos en una historia que se despliega por diferentes épocas, con diferentes personajes de muchas latitudes y que terminan convergiendo en un objeto “sagrado”, en la historia de una familia, que, a estas alturas de la vida, ya sabemos que pueden ser sumamente complejas y ricas en detalles.
En el fondo, Cabré pareciera establecer en este ensayo literario que no hay vida común y corriente, que las microhistorias que algunos investigadores revisan a detalle, terminan, o pueden terminar siendo parte de un entramado más laberíntico, del cual nunca podremos tener la imagen completa.
Siento que, al contrario de lo que muchos creen, este tipo de autores no buscan lograr la “novela total”, no, sino que ya quedo claro (quizá desde El Quijote) que no hay posibilidad de abarcarlo todo, que la ilusión de que alcancemos a comprender la vida en sí (por hablar de la forma máxima de totalidad que conocemos) es una mera ilusión.
Así, la vida de un “leñador” de finales del siglo XVII o inicios del XVIII, termina vinculada a la de un pensador del siglo XX-XXI.
Hojeo nuevamente esta inmensa novela y vienen a mi los personajes, reales o imaginarios, la voz de conciencia de quien narra, quien escribe su testimonio de vida: su confesión.
Hay pasajes llenos de luz y erudición, partes en que la literatura es precisa y llena de ideas, y partes en que los silencios, la ausencia de la escena narrada, inunda la la lectura y nos llena de emoción, nos hace sentir debastados y solos. Solos. Como solo la soledad puede rodear al lector.
Valoramos demasiado la memoria, como si eso fuera lo que nos dota de identidad: sin nuestros recuerdos de quien fuimos, ¿qué somos?
La confesión de esta novela puede ser entendida como eso: dejamos registro (como este comentario que ahora escribo, como los otros que he escrito) a modo de notas que vamos lanzando adentro de botellas hacia el mar del olvido, no para que las encuentren otros y las lean y reconozcan nuestra existencia. No.
Las lanzamos para ver si por azares del destino nos encuentren en el mismo lugar desde el cual las lanzamos y del cual no nos hemos movido; o más intrépidamente aún, para que nos encuentren en otro punto de este universo y en el cual coincidimos; o más imposiblemente aún: para que nos encuentren a otros yo, en otro espacio, en otro momento, en otro lugar, nosostros siendo otros.
Y que nos hablen, que nos digan algo; o que callen y nos hagan entender con su silencio.


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