El silencio de los animales fue el primer libro de John Gray que recuerdo haber comenzado a leer. En ese momento en mi vida estaba en un matrimonio que no iba a ninguna parte, pero durante el cual se dieron muchas situaciones que después fueron determinantes en mi vida.
Recuerdo haber comenzado a leer este libro y sentir cómo me hablaba, cómo las primeras ideas que Gray iba dibujando sobre el papel tenían eco en mi, en mis sentimientos, en mi manera de ver a mi alrededor, y también recuerdo que al leerlo y terminar una parte, unas páginas, me regresaba al inicio y volvía a comenzarlo.
Cada vez que comenzaba a leerlo sentía que leía algo ligeramente distinto, algo que había pasado por alto la primera vez. Avanzaba apenas unas páginas más que la vez anterior y lo dejaba.
Ese ejercicio de comenzar a leer este libro se dio demasiadas veces… en los últimos 7 años de mi vida.
Leí otros libros de Gray, como Perros de paja, Siete tipos de ateísmo y Misa negra, y entre todas esas y otras lecturas, este librito lo comenzaba y dejaba, volvía a comenzarlo y a dejarlo.
Gray se convirtió en uno de mis tótems, uno de mis gurús y mentores, junto con Taleb, con Rovelli, de Waal y Pouydebat. Y me ha inspirado a explorar a otros autores, como a Leopardi y Montaigne, a quien espero leer con calma pronto.
Ahora que pude leerlo todo de principio a fin, no puedo evitar reconocer en esta lectura exactamente lo que necesitaba leer en este momento en mi vida, leerlo y sentirme “menos solo” sintiéndome completamente solo, pero pleno y en armonía conmigo mismo.
Incluso, comencé a compartir este mensaje con algunas de las personas con quien me escribo en esta época:
Estoy en un punto muy zen de mi vida. Muy equilibrado, consciente de las cosas, más seguro de lo que quiero y lo que no. Y confirmando que no quiero hacer nada en la vida más que dedicarme a la contemplación. Leer, ver películas, escuchar música, y pues tener un trabajo que no me estorbe tanto y pague mis cuentas.
Y mucho tuvo que ver esta lectura.
El subtítulo aclara muy bien de qué va: sobre el progreso y otros mitos modernos.
Durante las páginas de este libro, Gray nos explica y demuestra porqué el “progreso humano” es una invención y un mito inventado por la humanidad, y que basándonos en ello no vamos a llegar a ningún lado.
Que en realidad, como especie: no vamos a llegar a ningún lado nunca.
Todo esto lo hace con su erudición habitual, la cual jamás es pedante o presuntuosa, nunca se siente pesado ni paternalista con el lector, al contrario, va dando vaivenes de sus ideas dentro de unos márgenes muy bien delimitados, siendo ameno y hasta gracioso, y dejando una que otra crítica muy diplomática sobre uno que otro autor.
Es una joya leer a Gray.
La estructura es similar a la que vemos en los demás libros de Gray: va dejando aquí y allá, como unas especies de viñetas largas en las cuales nos expone alguna anécdota histórica, alguna lectura en específico, o profundizando en las ideas de autores que ha estudiado a conciencia, como Freud en este caso, entre otros.
Por medio de estos ejemplos, va demostrando la lectura errónea o lo torcido que pueden llegar a estar las interpretaciones que han hecho otros autores, un Nietzsche, un Powys; todo salpicado de poesía, mucha poesía, mucha de la visión de los poetas sobre el mundo, lo cual enriquece la lectura exorbitantemente, abre caminos nuevos en el lector, plantea preguntas desde ángulos distintos, y pone en su lugar al pensamiento científico y las ciencias sociales, y sobre todo a las humanidades.
Este libro me ha ayudado a hacer las paces conmigo mismo, y con quienes están cerca de mí.
Justo hace un par de años terminó una relación muy importante en mi vida y, más recientemente, está terminando otra muy significativa, de la cual no me quedaba muy claro el por qué hasta después de unas pláticas más, y precisamente, me encontraba leyendo cuando:
¿Pero por qué se empeña en despertar a quiénes están durmiendo? ¿qué camino, qué salida ha diseñado para ellos?
pág. 55
Cita Gray a John Sturat Mill, y así es, un poco así son mis discusiones, no que crea que yo contengo “la verdad”, pero sí me acerco a cierto grado de lucidez, y termina frustrándome que haya personas a mi alrededor que prefieran seguir soñando despiertos que ver la realidad con otros ojos.
Es como si alguien, viendo The Matrix (The Wachowskis, 1999), prefiere tomar la píldora roja y quedarse en Wonderland.
Como sería el caso de esta relación valiosa para mí, pero en la cual, la otra persona prefiere dirigirse en otra dirección, una que antagoniza con la que yo he decidido seguir.
Así que, como escribí arriba: esta lectura me hace más consciente de lo que está bien para mí, de acuerdo a cómo quiero entender el mundo; me lleva a aceptar mi condición, mi lugar en el mundo y a hacer las paces con mis circunstancias, me ayuda a redefinir qué es lo que quiero y qué es lo que no.
Y de alguna manera, a entender a mis semejantes:
¿Por qué es tan importante el sentido? ¿Por qué necesitan los seres humanos una razón para vivir? ¿Sería porque no podrían soportar la vida si no creyeran que la vida tiene un sentido oculto? ¿O tal vez la exigencia de sentido derive del hecho de otorgar demasiada importancia al lenguaje, de creer que nuestras vidas son libros que no hemos aprendido aún a leer?
pág. 71
Esta pregunta la responde unas páginas más adelante Gray, y la comparto aquí por si alguien que leyera este comentario no tiene a la mano el libro, no puede leerlo o no le interesa pero termina llegando a esta parte, porque esto es lo que termina dándome todas las herramientas que no me han dado otras lecturas para entenderme:
Al aceptar que el mundo carece de sentido, nos liberamos de la reclusión en el sentido que le habíamos dado. El saber que no hay nada sustancial en este mundo puede dar la impresión de privar al mundo de su valor. Sin embargo, este vacío se puede convertir en nuestra posesión más valiosa, puesto que nos abre al mundo inagotable que existe más allá de nosotros mismos.
pág. 92
Siga pues mi camino rumbo a la contemplación, enfundado muy cómodamente en la resignación.


Deja un comentario