No se dejen engañar, no hay nada superficial en esta novela.
Me decidí a leer este libro de Pedro porque le leí el prólogo que escribió para ese librazo que es Teoría de la gravedad, de la Leila Guerriero, y pensé que era un buen momento, porque pensé que algo tendría que tener este autor para que la Leila le pidiera un prólogo a un libro suyo que para nada lo necesita porque vale oro solito.
Mairal escribe como un boxeador que ha encontrado las debilidades de su oponente, que ha hallado la combinación perfecta para ir haciendo que su contrincante baje la guardia, un ganchito aquí, un par de jabs allá, y mucho antes que termine el primer round: el lector está enganchado, recibiendo cada trancazo literario de manera casi fulminante.
Porque Mairal no quiere tumbarnos, quiere mostrarnos lo hábil que es, el oficio que carga encima de ese par de hombros.
Nunca lo hago, pero me dio curiosidad ver qué decían otros lectores de Goodreads por ahí: “entretenida”, dice la Julieta; hay un tipo al que de plano no le gustó y le dio solo una estrella de cinco: “El protagonista no evoluciona en ningún aspecto salvo en el final”, ¿evoluciona o no? Si evoluciona hacia el final, pues evoluciona. “Me encantó la aparente ligereza de esta novela”: coincido: aparente.
Porque si decimos que la trama es la narración del recuerdo de un día, yo pienso en el Ulises, de Joyce, pero Mairal logra hilar la historia con un ritmo veloz, es muy difícil dejar de lado el libro una vez que has comenzado, y lo siento, pero cualquier lector promedio sabe lo complicado que puede ser eso.
Ahora, hace poco me leí el Yo confieso, de Cabré, donde también es la “confesión” de un hombre, solo que allá hay la historia del leñador que taló el árbol con el que se hizo un violín que heredó de su padre coleccionista el narrador… entre otros detalles en esa obra maestra de 864 páginas; Mairal hace lo suyo con un ukulele, todo en proporción, y de paso, nos habla de los alcances de la creación artística, de los límites del lenguaje literario, y por límites no me refiero a nada peyorativo, no, las fronteras no siempre son innecesarias: delimitan y pueden dotar de coherencia un contexto.
En La uruguya, Mairal nos habla de una Argentina en que el peso estaba tan devaluado que más valía recibir los dólares desde el extrangero en otro país, y pasarlos de contrabando para cambiarlos en el mercado negro.
Abarca también a un sistema económico en quiebra, de una situación política que afectaba a todas las esferas de la sociedad: como a los escritores.
Si de por sí, el trabajo del escritor ya es precario, sobrevivir en este tipo de economías podría ser aniquilador, pero no, ahí siguen las escritoras y los escritores dándole a las letras, pensando en que con un poco de dinero podrían sentarse a hacer lo suyo: escribir, sin tener que perder tiempo en otros oficios que solo desgastan y apagan.
Junto a escenas comiquísimas, y otras de una oscuridad abrumadora, pero siempre con el humor negro contrapunteando, leemos joyas como esta:
«Toda esa plata que me había formado, me había hecho pertenecer a un grupo social, una serie de amigos, una manera de hablar, y eso era curioso: la plata había formado mi lengua».
pág. 64
Esta novela es ficción, pero sirve como vehículo para exponer un par de ideas muy interesantes, como el papel de la economía en la creación artística, de esa misma economía en la conformación de la familia, este último un gran tema a lo largo de la novela, y con la que cierra con broche de oro:
«Digo esto porque últimamente estuve pensando bastante en el tema de la familia y el matrimonio. Va a sonar como que me hago el superado, pero de verdad te digo: tenemos que pensar de una manera nueva».
pág. 163
PUM
Y sí, uno de los comentarios dice: “Banal, vacía y patriarcal”. Lo de banal no lo acepto: no es ni trivial, ni común, y mucho menos insustancial. Incluso la trama en sí es buenísima: un escritor recibe un pago por unos libros, debe salir de su país para cobrar ese dinero en dólares y no perderle porque su país está en bancarrota, al mismo tiempo que planea un encuentro furtivo con un amor platónico que vive en ese país.
¿Vacía? Creo que ya dejé clara mi opinión más arriba.
¿Patriarcal? Pues, claro. Pero Pedro se las arregla para mostrarnos a su protagonista de una manera muy descarnada, no se autoflagela pero tampoco es autocondescendiente, y en ningún momento percibo ni que lo esté glorificando, ni que busque empatía por parte del lector, claro que vemos su patriarquez, pero porque así es el personaje, lo está mostrando, no siento que lo ensalce ni celebre: y eso lo veo como un logro magnífico.
Por último, leo que ha sido un éxito de ventas, y esperaría que algo de esa plata llegue a los bolsillos de Pedro para que este pueda hacer lo que su protagonista, Pereyra, no pudo hacer: “escribir sin el hijo colgado de las pelotas y sin tener que leer a diez mil alumnos a la vez, dando clases”.


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