Cada vez me alejo más del día en que terminé de leer La montaña mágica, de Thomas Mann. Libro que significó un recorrido bastante largo en mi vida, no solo por la lectura, sino por todo lo que experimenté durante el tiempo que le dediqué.
Sin embargo, esta mañana, después de haber dormido y descansado lo suficiente, me decidí a terminar de leer este pequeño gran libro de mi adorada y admiradísima Isabel Zapata.
Lo primero que hice al terminar la última página fue recostarme sobre un costado con los ojos cerrados y dejar que las ideas y las emociones que me embargaban fluyeran con libertad en mi interior (y un poco en el exterior).
«La escritura no siempre conduce a la iluminación, a veces escribir simplemente se trata de observar a una cosa convertirse en otra y confirmar que todo está unido a lo demás con hilos invisibles».
In vitro, isabel zapata, pág. 127
Detrás de mi proceso de escritura está la estructura del dot-to-dot, estas figuras formadas por puntos que estaban numerados. Venían en unos cuadernillos y papá nos los compraba a mi hermana y a mi para los viajes, había unos de sopas de letras, laberintos y entre otras formas de entretenimiento.
Para mí, la escritura, incluso podría decir la vida, es eso, una página, no en blanco, pero sí con algunos puntos, unos numerados, otros no, no precisamente “correctamente” numerados, puede que algo esté errado, o que no sea visible para nosotros. Y nos afanamos en encontrarle una forma a todo, una forma que nos sea conocida o que podamos interpretar.
Algo sobre esto platicaba con la roomie esta mañana, ella quisiera un «manual con instrucciones de uso para la vida», y yo justo en el lado opuesto, lo único que me mantiene con vida es la incógnita que es esto, el que puedas tomar decisiones y descubrir qué es lo que vendrá a continuación.
Los “hilos invisibles” leo con Zapata.
La escritura de Isabel embruja, hechiza, atrapa, su obra, si bien “breve” hasta el momento, alcanza una honda profundidad que me deja exhausto en una primera instancia; en otra parte del libro cita a Weil sobre el dolor, sobre la aflicción, y como la primera es parto: da nacimiento a algo, puede dar nacimiento a algo.
Y a mi memoria vienen mis “partos” de hombre: los dolores que he experimentado, como fue una decisión que tomó Emilia en un momento complicado de su vida y sin las herramientas para hacerle frente; o las las rupturas amorosas; situaciones que me han llegado a dejar vacío; decepciones; momentos complejos que para nada comparo con el parto de una mujer, solo quiero encontrar ese hilo invisible que me une a las palabras que leo de Zapata: después de mis dolores ha nacido algo nuevo en mí, sin el dolor no sería la persona que ahora soy.
Ese mismo párrafo que cito de Isabel termina con:
«Para descubrir el mensaje secreto [aquellos que se escriben con jugo de limón] hay que acercarle un cerillo encendido, mostrarle que existe el fuego».
In vitro, Isabel Zapata, pág. 127
Hay en la obra de Zapata la mirada inquisitiva de la poeta que es, de quien ve con calma el mundo y sus objetos, la vida que sucede frente a ella, el ritmo de las células al existir, la escritura con una tinta que debe ser exprimida, el fuego como fuente de conocimiento, no solo de «iluminación».
Repitiendo sus palabras, leer a Isabel Zapata es ser testigos de «observar a una cosa convertise en otra», sus ideas, sus experiencias, sus recuerdos, convertidos en texto, que a su vez se convertirán en algo más cuando sean leídos.


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