Al igual que el tiempo, el espacio trae consigo el olvido; aunque lo hace desprendiendo a la persona humana de sus contingencias para transportarla a un estado de libertad originaria.
p. 19
De las cosas que más me atraen cuando me invitan a una casa es ver qué libros tienen en ella. Los que tienen en las áreas sociales a la vista de todos. Los que están en sus habitaciones. Y los que pueden estar guardados u ocultos.
Ella y yo teníamos cuatro meses de conocernos de manera remota, yo acababa de comenzar a trabajar en donde ella ya estaba cuando se declaró la pandemia en México, y todas nuestras interacciones fueron videollamadas de trabajo y llamadas telefónicas, hasta que por fin accedió a conocernos en persona.
La primera vez que visité el departamento donde vivía con unas roomies tuve oportunidad de fisgonear su habitación, y ahí fue donde vi que La montaña mágica, en una de esas ediciones baratas, descansaba debajo de su lámpara de noche. Estaba bajo la base de la lámpara.
Al preguntarle por el libro, creyendo que podría tener un valor especial, dijo que lo odió y que le pareció una lectura terrible.
Así que inmediatamente ganó mi atención.
Aún así, pasarían meses antes de que comenzara a leerlo, puesto que ese mismo día, bueno, al siguiente, comencé a leer otro libro que ella tenía y que “tomé prestado”: Tokio Blues, Norwegian Wood, de Haruki Murakami.
Me tomó diecisiete meses poderlo leer entero, los diecisiete meses en los que se atravesó el inicio de nuestra relación, mudarnos a vivir juntos, y separarnos.
Cuando por fin logré terminar de leerlo, teníamos ya un par de meses en que decidimos terminar lo nuestro.
El tiempo, según dicen, es Lete, el olvido; pero también el aire de la distancia es un bebedizo semejante, y si bien su efecto es menos radical, cierto es que es mucho más rápido.
p. 19
Aquí arriba / allá abajo
Lo primero que me atrapó de la novela de Mann fue su lectura sobre lo que entendemos por sano y por enfermo. Mientras comenzaba su lectura, en las primeras cien páginas, o por ahí, me preguntaba qué pensaba papá cada que leía sobre temas de medicina; pero, lo principal que me atrapó fue esa dicotomía entre lo que consideramos que está bien y lo que está mal, fisiológicamente hablando, pero también en cuanto a salud mental, emocional, anímica…
La montaña mágica logra dotar al lector de cierta aura onírica mientras avanza en sus páginas, había momentos en los que creí que la narración decantaría en “y luego despertó”, y que todo sería un sueño, pero no.
Lo más común de escuchar de esta novela es que es una Bildungsroman, una novela de aprendizaje, y lo es, no para los personajes, sino para el lector, página a página asistimos, sí, al desarrollo de un protagonista, de un héroe, Hans Castorp, pero en realidad el viaje lo hacemos nosotros como lector; quienes pasamos tiempo allá “arriba” en la montaña somos nosotros y nadie más.
Sigue una cita larga, pero que creo que ilustra un poco lo que intento decir:
¿Qué es el tiempo? Un misterio omnipotente y sin realidad propia. Es una condición del mundo de los fenómenos, un movimiento mezclado y unido a la existencia de los cuerpos en el espacio y a su movimiento. Pero, ¿acaso no habría tiempo si no hubiese movimiento? ¿Habría movimiento si no hubiese tiempo? […] El tiempo es activo, posee una naturaleza verbal, es productivo. ¿Y qué produce? Produce el cambio.
p. 498
Comencé la lectura pensando en discutirla con ella, digo, sí, La montaña mágica es un clásico, pero eso me viene guango, me vale madres; mi motivación era entender qué había en este librote de detestable para ella.
Entre otras cosas, esas son las razones por las que leo, para buscar comprender lo que me rodea, lo que me habla, lo que un tiempo en particular me dijo que me amaba.
Los lectores podemos seguir el camino de Castorp y esperar hasta enfermar para ahondar en las preguntas profundas de la vida.
O podemos seguir leyendo y ahondando en aquellas preguntas que provocan un “movimiento mezclado y unido a la existencia” de otras personas y su movimiento con respecto a nosotros.
Al menos eso es lo que yo hago.
Thomas Mann sabía perfectamente lo que estaba haciendo, lo que estaba logrando al escribir su montaña literaria, y ese reconocimiento, lejos de parecer pedante, otorga una verosimilitud y un carácter propio a la novela, brinda una dignidad que pocas veces recuerdo haber encontrado en la literatura; un auto reconocimiento literario honesto y directo:
en ese intervalo de tiempo que omitimos intencionadamente, interrumpiendo el flujo del tiempo de la narración para dejar que imperase el tiempo absoluto y nada más que ese.
p. 502
Cuando terminé de leerlo compartí una foto en mi Instagram y escribí:
«No me hablen, no me busquen, no nada. No estoy para nadie. Hoy, después de 1 año, 4 meses y 2 semanas, logro terminar de leer La montaña mágica y la sensación que me deja es de que estamos completamente solos en esta vida. Solos. Qué librazo. Qué pinche librazo chingón. “Será posible que de esta bacanal de la muerte, que también se esta abominable fiebre sin medida que incendia el cielo lluvioso del crepúsculo, surja alguna vez el amor?” Siento que al final Mann precipitó el fin de la novela, que pudo seguir por 300 o 400 páginas más».
Seguir allá arriba en la montaña hasta el final de los tiempos.
No conozco a muchas personas, pero las que he conocido que me han dejado grandes lecturas, como en este caso es La montaña mágica, fácilmente, uno de los mejores libros que he leído en mi perra vida, tendrán siempre un lugar especial en mi memoria.
Gracias a ella por odiar este libro y llevarme a leerlo, gracias por los meses en esa montaña a la que subimos y de la cual ya hemos descendido, no sé si sintiéndonos curados o más enfermos, una montaña que ya hemos dejado atrás, que es inmensa y es mágica, que siempre se verá a la distancia que estemos; aunque ya hallamos comenzado a subir otras pendientes, a explorar otras montañas: siempre quedará ese “misterio omnipotente y sin realidad propia”.
Fundido a negro. Salen créditos y se escucha:
«You want to set out for the cities
Turning wheel, but
I want to stay up on the hill»
Turning Wheel, by Spellling


Deja un comentario