Apenas sabemos nada de los protagonistas o de los demás personajes que pueblan esta novela, y sin embargo, gracias al tono, al ritmo, a la cadencia tan cuidada de las palabras que leemos, nos sentimos cercanos a ellos, logramos compenetrar lo mínimo necesario en ciertos aspectos de las vidas de estos personajes para sentir la profundidad de su vacío al sentirse extraviados, al darse cuenta de que están perdidos el uno para el otro, e incluso para sí mismos.
Título y trama se engarzan con una delicadeza asombrosa; no solo la extensión del libro sino también cada párrafo se entiende perfectamente que está construido de esa manera y no de otra por obra de una mano que lo restringe, que lo dejó con esa forma específica por decisión propia.
El libro se vuelve un breve tratado literario que muestra lo que busca decir, no solo sobre la brevedad, sino sobre la incompletud de lo literario, sobre la aspiración espuria de lograr una “novela total”.
No por saber una cosa se la puede impedir, pero hay ilusiones, y esta historia, que viene siendo una historia de ilusiones, sigue así:
pág. 40
No solo es lo que leemos, es la ausencia de aquello que no está escrito lo que también nos habla, y aún así, no es una novela impresionista, para nada, y por impresionismo me refiero a que no está construída narrando grandes rasgos ni buscando captar la luz y su efecto en los objetos que toca; los colores apenas “son”.
Lo que el narrador calla está ahí todo el tiempo, y deja al lector la oportunidad de interrumpir un poco la lectura, cerrar los ojos, e imaginar lo que pareciera estar a la vuelta de la página y no está.
Estoy casi seguro que leí a Zambra por algún comentario de Bolaño; busco en mi libro de cabecera “Entre paréntesis” y no está allí, googleo un poco, y tampoco sale un resultado rápido, más bien comentarios de Zambra sobre Bolaño.
Ah, no, no es cierto, fue Herralde quien señaló un vínculo literario, que sintió él como editor al leer a Zambra.
Me decidí a releer este libro solo porque en la más reciente reedición hay un epílogo de mi adorada Leila Guerriero, el cual espero poder leer algún año de estos.
Hay una especie de placer inmenso en releer un texto de alguien que con el tiempo ha ido construyendo un corpus literario sólido, pero que nunca se ha sentido pesado, pero sí sólido, fuerte, firme, y que continúa cuestionando lo literario desde otras perspectivas menos encorsetadas, que siguen buscando la experimentación alejados de los fuegos artificiales, de los recursos efectistas de otras formas de hacer literatura como lo tendencioso o amarillista.
Además, esa voz de poeta está en todos los textos de Zambra, una voz que explora el lenguaje con base en significados, pero también con una idea de ruptura, de transgresión, de hacer literatura desde las palabras y su potencia, su alcance de significados.


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