Un huracán de nombre Fernanda*

La Melchor lo vuelve a hacer: escribe un libro magistral que te toma de las entrañas y no te suelta hasta que lo terminas.

Una vez que llegas al final de la página 222, sientes que el aire se ha vuelto más denso, pero que ha ganado claridad. Sientes que el mundo que te rodea se ha pulido un poco, y no es que lo veas más limpio, sino que ha ganado lucidez, mostrando la podredumbre de nuestras instituciones, de nuestras autoridades, de la “civilización” en que nos hemos convertido.

Ya desde que leyera Aquí no es Miami me quedó muy claro el tamaño inmenso de escritora que es Fernanda, y a pesar de que tengo pendiente de leer “Falsa liebre” y «Paradise», no dudo ni por un segundo que son otro par de novelas extraordinarias.

En Temporada de huracanes Melchor me recuerda aquella consigna que le leí al Philip K. Dick al final del primer tomo de sus relatos (Aquí yace el Wub. Cuentos completos 1, Philip K. Dick, Martínez Roca, 1989), donde afirmaba que le gustaba darle voz a los que no la tienen. Muchos de los personajes de Temporada pertenecen a esos 53 millones 418 mil 151 personas en situación de pobreza en México**. Personas que sí tienen voz, pero que nadie escucha.

Novela coral, donde el tono, ritmo y lenguaje de quienes hablan se respeta, pero en donde la rabia de la autora no se puede ocultar.

El coraje, el desgarro de una escritora que reconoce que hay situaciones muy jodidas en nuestro país, abusos, injusticias, desigualdad y una impunidad que no se puede asir por ninguno de sus lados, incluso de aquellos descaradamente visibles.

Había comenzado a leer la novela hace meses, cuando recién salió, pero no tuve oportunidad de terminarla. La retomé el domingo pasado y la devoré de un día a otro… así, como un huracán, es como debiera leerse este libro: abrirlo y pasar sus hojas leyendo a conciencia, sintiendo como se desordena todo a tu alrededor, como algunas cosas vuelan, como hay espacios de calma, pero en donde no estás tranquilo, puesto que sabes que es momentáneo. Que no perdurará.

Al final, podríamos concluir que llevamos años en una temporada eterna de huracanes, donde la paz que creemos ver puede ser el ojo del huracán pasando exactamente sobre nuestras cabezas, ya que, no porque no veamos que haya catástrofes a nuestro alrededor no significa que en la periferia del huracán (nuestra periferia) se esté cargando la chingada a muchas personas.

Eso pasó con el narco.

Eso pasa a diario con los políticos.

Eso pasa cada que nos sumamos a la corrupción. Que dejamos pasar un delito por alto. Que no nos levantamos de nuestras poltronas donde leemos a gusto una novela porque alguien más saldrá a las calles a reclamar lo nuestro. Lo de todos. Lo de nadie. Porque en el fondo somos unos cobardes que no queremos perder lo que tenemos a la mano. Lo seguro. Sin darnos cuenta que estos esfuerzos bravos como la novela de Melchor, requieren que nos sumemos al grito de basta. Que levantemos la voz por nosotros y los nuestros.

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*Una versión de este texto, originalmente lo publiqué en Goodreads.

**Según El País esta cifra de personas en situación de pobreza es ahora de 46.8 millones de mexicanos, el 36,3% de la población total.

2 respuestas a «Un huracán de nombre Fernanda*»

    1. Muy recomendable. Este y Aquí no es Miami. Joyas.

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