Mantener los ojos abiertos en la oscuridad: Relecturas de Bolaño. 2

Hoy por la mañana, Pris y yo comenzamos intercambiando ideas sobre la autoficción y la ficción en general, reflexionando cómo los personajes siempre forman parte del autor. Extendimos esta idea a los personajes «moralmente inaceptables», y vino a mi mente la primera novela que leí de A. M. Homes, El fin de Alice, que en su momento recuerdo que papá me recomendó con mucho ahínco, y a quien hemos seguido leyendo con fervor. En esa novela escribe esto: “No podía dormir –dice–. Sueños raros, como pesadillas, sólo que tenía los ojos abiertos”.

Esa idea de “mantener los ojos abiertos en la oscuridad” sigue viva en mí respecto a la obra de Bolaño, a quien ahora, muchos años después, releo con un gusto y encanto extraño, como cuando pruebas algo muchos años después y logras apreciarlo como algo completamente nuevo, aunque sabes que no lo es, y que aún hay ecos de los sabores del pasado.

Hay relatos que, al leerlos, parecían completamente nuevos para mí, sobre todo “La nieve” y “Otro cuento ruso”, lo cual debo admitir que me emocionó mucho: estaba releyendo a uno de mis autores favoritos por “primera vez”.

“Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún ‘leeré’ la mayoría de ellos”, leí a Canetti en sus Apuntes. 1973-1984. Y sí, mi biblioteca parece interminable. Son apenas unos miles de libros que hoy descubro que no terminaré de leer jamás, pues releerlos es sumergirme en nuevos universos literarios. Lejos de desanimarme, me ilusiona. Me ilusiona saber que no es por morbo que decido continuar existiendo, sino por el placer de seguir “inventándome” a través de los libros, sean de ficción o no.

La obra de Bolaño siempre la he ubicado en esa línea nietzscheana de Así habló Zaratustra: “¿Qué quieres hacer entre quienes duermen, tú que estás tan despierto?”, porque la escritura de Bolaño, para mí, narra los sueños y las pesadillas de quienes nunca logramos recordar lo que nuestra mente creó mientras dormíamos, de quienes se consideran despiertos para ver lo que sucede o imaginarlo y contarlo a quienes seguimos dormidos.

Otro aspecto que no creo haber tenido presente cuando leí estos relatos por primera vez tiene que ver con los personajes transversales que atraviesan la obra de Bolaño. Están los obvios: Belano, B, pero no estoy seguro de haber recordado que aquí ya aparecía también Santa Teresa; Hoffman/Wieder, bueno, este último quizá sí. ¿Adolfo Pantoliano? Por supuesto que no recordaba que también aparece en 2666; Joanna Silvestri, el detective Abel Romero o el detective Contreras… ¡Amalfitano!

Como también le comentaba a Pris hace poco, cuando pregunto o hablo de Bolaño lo hago con mucho tiento, con mucho cuidado. He llegado a ver memes donde satirizan como «red flag» que un tipo te diga que su libro favorito es Los detectives salvajes, y otras cosas así. Sé de la pelea que existe entre quienes idolatran a Roberto y quienes no se cansan de criticarlo, juzgarlo, menospreciarlo, y decir que su obra no vale nada, que está inflada.

En parte tienen razón. No hay que olvidar que la industria literaria también es una maquinaria patriarcal y capitalista, con intereses detrás de la creación y consolidación de autores. Pero, más allá de eso, está la obra. Después de releer Llamadas telefónicas, creo confirmar que Roberto Bolaño fue, es, y seguirá siendo un autor que bien vale la pena leer y revisitar de vez en cuando.

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