Entre Neandertales y Pesas: Reflexiones sobre el tiempo y la vida

Lo que decimos, y aún más lo que hacemos cuando ejercemos la paternidad, siempre tendrá una influencia enorme en nuestras hijas. Esta mañana, vi una notificación en la pantalla de mi teléfono:

emiliacabelllo reposted

En muchas de las conversaciones que tengo con ella, puedo confirmar que no lo he hecho tan mal. Claro, he tenido momentos pésimos, soy vato, pero soy uno que busca trabajarse un poco más cada día. El asunto es no dejar de hacerlo: buscar entender a los demás, buscar entender qué significa ser empático, y qué puede implicar. ¿Quiénes son las otras? Y, por ende, ¿quién quiero ser yo?

Hace poco le comentaba a Esteban que hay tres cosas que he aprendido muchísimo en mi edad adulta y que, aparentemente, no tienen nada que ver con lo literario, el cine, la música, ni siquiera con el alcohol: cuidar plantas, entrenar cargando pesas, y haber practicado yoga por unos años en el pasado.

Salvo esta última, las otras dos siguen vigentes en mi vida diaria. Logré que Be. se sumara a la segunda, y es una actividad que compartimos pensando en nuestros yoes del futuro: cuidamos nuestra alimentación, nuestro sueño y nuestra rutina.

Seguro dejaste de leer esto antes, o te saltaste párrafos buscando dónde diablos hablaré de este librazo de Rebecca Wragg Sykes… si llegaste hasta aquí: gracias.

«El tiempo es nuestra manera de impedir que todo suceda a la vez».
Richard Powers, El tiempo de nuestras canciones

La recomendación vino de mi padre. Me habló efusivamente del libro. No lo encontré, lo confundí con otro. ¿Qué hizo? No estoy seguro, pero creo que terminó comprándolo de nuevo solo para dármelo; asumo esto porque vi otra copia en su biblioteca la última vez que estuve en Monterrey.

Con el yoga, y después con el cuidado de las plantas y las pesas, comprendí que la paciencia es reina.

Hay momentos de acción, otros de reflexión, unos con ruido y otros con silencio. Hay momentos que exigen inactividad. Contemplar. No podemos acelerar el crecimiento de las plantas, la flexibilidad de nuestras extremidades y torso; no podemos hacer que nuestros músculos crezcan de un día a otro.

Paciencia.

Cuando comencé a usar Goodreads, además de utilizarlo como registro de mis lecturas y las primeras impresiones que me dejaban los libros al terminarlos, empecé a usarlo como un medio para medir cuánto tardaba en leer. Siempre he sentido que leo demasiado lento… ¿comparado con qué? ¿Con quién? Ni idea.

Con los años, aprendí que no es una carrera, y después de leer pedazos de ese libro que podría llevarme a la tumba, Los demasiados libros, de Zaid, también comprendí que leer es la tarea de Sísifo: nunca llevaremos esa roca a la cima de la montaña.

Al inicio de Neandertales, no podía creer que se leyera como una especie de novela policiaca o forense de un antepasado del Homo sapiens. Otra cosa que me dejó frío y pensando por meses fue: el tiempo.

¿Qué chingados son mil años? Ok, ok, si decimos mil años, estamos hablando de 1924. Una de mis lecturas favoritas recientes es La montaña mágica, de Thomas Mann, que se publicó en ese año. Ok, ok. Pero entonces, ¿qué significan cinco mil años?

Cuarenta mil años.

Los primeros arqueólogos hicieron lo que pudieron con lo que tenían a la mano, no solo en cuanto a herramientas y conocimientos, sino en creatividad y en información de otras disciplinas.

Hoy la historia es otra, y cuando leo en el libro de Rebecca que pueden deducir incluso qué comían seres que habitaron esta piedra hace tantísimos años, no puedo sino comprender la insignificancia de la existencia de nuestra especie y la nimiedad de muchos de los problemas que nos creamos.

«Un estrato arqueológico puede contener cantidades asombrosas de tiempo: los sedimentos que separan diferentes depósitos de utensilios pueden erosionarse o desaparecer, dejando una mezcolanza de objetos. De esta manera, un palmo de espesor puede ser un palimpsesto de mil veranos». (201)

Esa es la prosa chingona de Rebecca. Hay un amor, un cariño, un respeto, una admiración que yo aspiraría a poseer alguna vez en mi vida. El libro es extenso en detalles, y cualquier lector puede comprender claramente la visión de un mundo que es el nuestro y, al mismo tiempo, no lo es, porque… el tiempo.

Comencé a leer este libro hace casi dos años, y había momentos en que otras cosas me ocupaban: otras lecturas, la vida. Pero trataba de leer un poco cada semana, dedicarle atención y cuidado, una paciencia que no me creía capaz de tener antes. «Esto es envejecer, seguro», pienso, jajaja. Me imaginaba como esas imágenes tan cliché que tenemos de arqueólogos removiendo tierra con una brocha, cuidando la fuerza, cuidando de no echar a perder lo que hubiera ahí oculto.

¿Qué nos dice la tierra bajo la tierra? Demasiado. Nos habla de lo que ha sido y, en ocasiones, de por qué estamos donde estamos. Y de hacia dónde podremos movernos. Nos habla de la vida, pero sobre todo de la muerte. Hacia donde iremos todos, no solo como especie, sino como organismos vivos.

«De todo esto solo puede extraerse una conclusión: si las tradiciones mortuorias se extienden más allá de nuestra especie, e incluso se remontan a nuestro último antepasado común con los neandertales, entonces ocurre lo mismo con una definición fundamental de la humanidad. No se necesitaba ningún marco espiritual formalizado; los ‘funerales’ neandertales iban probablemente desde lo fervoroso y anárquico hasta lo metódico y preciso. Igual que la extinción de la vida nos arranca un plañido primario, también ellos se sentían motivados, no solo por el miedo, sino también por el amor. Y son estas emociones las que subyacen al final de nuestra historia entrelazada: aniquilación y asimilación”. (262)

Platicando con mi papá, le comentaba qué pasaría si en la actualidad aún existieran los neandertales, u otra especie muy cercana a lo que consideramos humano. Seguro que los veríamos como subhumanos, como una especie que debería ser esclavizada y explotada, algo como en la novela de Ursula K. Le Guin, El nombre del mundo es Bosque, donde nuestra ceguera, soberbia y narcisismo nos impiden comprender que las demás especies tienen el mismo valor y derecho sobre este mundo; quizá hasta más que nosotros, los estúpidos humanos.

Papá recordó otra novela de Doris Lessing, donde al parecer sucede algo así: una pareja da a luz a un neandertal. Apenas llevo unas páginas de ella, pero ya compartiré mi opinión.

No podemos borrar nuestros actos del pasado, pero por supuesto que podemos revisarlos, revaluarlos y aprender algo nuevo de ellos. No puedo eliminar de los recuerdos de Emilia los malos momentos que le haya hecho pasar el Memo del pasado; pero sí puedo intentar mostrarle que he aprendido de esas decisiones terribles que tomé antes, y buscar llenar de amor y comprensión a su yo actual.

No podemos traer a la vida a los neandertales, pero agradezco sobremanera que haya personas como Rebecca que trabajan con pasión por compartirnos su visión de estos grandes seres que en algún momento de ese eufemismo que llamamos tiempo caminaron al lado de nuestros antepasados.

¿Recomendaría leer este libro? Por supuesto. Leerlo con calma, disfrutarlo, levantar la mirada de vez en cuando de sus páginas y voltear a ver la ventana, el exterior, a las demás personas; tomar la mano de Be. y sentir que no todo está podrido, que hay restos que aún nos hablan a pesar de su silencio de tierra y minerales. Hay significados que aún no conocemos, y los objetos como los libros, a pesar de lo que llevan vaticinando muchos años ya, están más vivos que nunca.

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