El duelo como acto colectivo: Los niños del agua y los puentes entre el dolor y la vida

Ningún otro libro me había llevado a comprender la familia, la paternidad, el duelo; el respeto a la muerte, los rituales y la memoria de los seres cercanos.

Con una belleza parsimoniosa y las palabras precisas, Hiram no rodea el dolor: ahonda en él, entra de lleno. Tiende puentes entre culturas distantes y encuentra puntos en común que dialogan entre sí, y que terminan por explicarme el valor del rito, de ciertas ceremonias, de valorar y apreciar el recuerdo de aquellas vidas que ya no son.

La inmensidad de este libro se me antoja como esas imágenes de olas gigantescas a punto de estrellarse: hay momentos en que te sientes en la parte más profunda, frente a un muro inconmensurable de agua salada; en otros, estás en la cresta y miras hacia un precipicio. Sin embargo, el respeto y el tacto de Hiram te guían con cuidado a lo largo de este recorrido literario. No te dejan vulnerable, pero sí te abren el pecho para permitirte sentir, para que las emociones emerjan desde dentro. Te ayudan a contactar contigo mismo, con el recuerdo del dolor, con los dolores imaginarios. Sí, el duelo por lo que ya no es: puede ser un ser querido, la vida de alguien más, pero también lo que no fue: una relación, un trabajo que ya no hacemos.

Los niños del agua abre una ruta hacia el interior de las personas con sumo cuidado. Y al final, la conclusión es la que ya sabemos: nadie escapará a la muerte, pero esta no tiene por qué ser el final funesto que todos creemos, sino un paso hacia algo más; algo que no solo dote de sentido a la vida, sino que nos permita acompañar y ser acompañados en el dolor. Este, como una emoción más, es necesario para la vida, pues la dota de sentido y otorga riqueza a quien así la comprende.

El paso de un estado a otro es inevitable, pero puede ser un acto de respeto y reconocimiento hacia los que se fueron y los que permanecemos. Honrando. Cuidando. Siendo colectivamente, a pesar de los dolores que llevemos dentro.


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