No leas esto si buscas sentido. Sobre burbujas, borracheras y el andar a ciegas de Latronico

Algo que no vi venir al comenzar Las perfecciones de Vincenzo Latronico fue que me ayudara a comprender cómo, en la literatura, la modernidad a veces me parece sumamente soporífera.

La primera parte, titulada “Presente”, me hacía sentir que leía un artículo de Architectural Digest: descripciones de espacios extraídos de un aesthetic de Instagram o de un tablero de Pinterest muy bien curado. Esos espacios me parecen a menudo artificiales, carentes de vida; para mí, las casas son lugares donde acumulamos objetos que hablan más del pasado que del presente.

Curiosamente, en la música o el arte no tengo ese reparo. Disfruto descubrir nuevas bandas, cantantes que acaban de surgir y siento que aportan algo nuevo o redescubren ritmos, sonidos y frases de una manera que me resulta genuina.

Por otro lado, Esteban me hizo una pregunta que me dejó pensando varios días, que aún sigo rumiando y que tiene que ver con el absurdo y el sinsentido de la vida.

Anna y Tom, los protagonistas de Las perfecciones, pareciera que nunca se detienen a pensar en cuestiones como esa. No los estoy comparando, pero siento que ellos son, en sí mismos, una respuesta a esa pregunta: viven su momento histórico de la mejor manera que pueden, un día a la vez, un proyecto de branding o diseño a la vez. Resuelven una propuesta para un hotel boutique de nicho sin pensar en el futuro de ese esfuerzo, en la energía que invierten.

Sin embargo, al repensar la novela y la pregunta de Esteban, me vino a la cabeza la idea de que un proceso estocástico es el modelo más honesto que tenemos para describir el viaje de la vida. Es el reconocimiento de que no vivimos en una película con guion fijo, sino en una secuencia de momentos donde el azar, el hábito y las condiciones iniciales juegan a los dados en cada escena.

Hace apenas una semana vi Nouvelle Vague de Richard Linklater con Alberto. Al salir, lo primero que dije es que me gustó, pero que era “un mugrerazo” —esas partes didácticas del guion me fastidiaron, aunque luego las reinterpreté como parte esencial de cómo Linklater retrata ese movimiento cinematográfico. Gradualmente, la sensación se desvaneció y dejó paso al reconocimiento de que, en realidad, me había gustado mucho, me entretuvo, me emocionó y me entusiasmó. El cine siempre será mi pasión.

Imagina tu vida como un paseo nocturno: cada paso —una decisión, un encuentro, una noticia en X— tiene una dirección impredecible, pero el camino total, esa ruta vacilante y borracha, termina siendo tu historia. Como en el cine de Godard.

No es caos puro; hay patrones: tendencias que se repiten, inercias del carácter, la fuerza de gravedad de lo social. Pero también hay ruido: el accidente que lo cambia todo, la idea que llega en el momento menos pensado, el giro histórico que nadie vio venir.

La burbuja que se revienta.

Mientras leía a Latronico pensaba justo en burbujas. En esas esferas que, en cierto ángulo, la luz vuelve tornasoladas. Hay una belleza en ellas que se exalta por la fragilidad con que están hechas. Su ligereza las tiene a merced de las brisas más sutiles o de cambios de temperatura, aspectos ajenos que pueden decidir su destino: seguir flotando o estrellarse y reventar… o reventar por sí mismas. No hay seguridad en su vuelo y no siempre hay magnificencia en su final.

Entender esto no es resignarse al azar. Es liberarse de la ilusión del control absoluto —esa que nos hace sufrir cuando la realidad no sigue nuestro guion, cuando nuestras expectativas no se cumplen.

Al final, la historia personal y colectiva no es una línea recta hacia un destino. Es una trayectoria estocástica: un baile entre lo que planeamos y lo que el mundo nos lanza, entre la estructura y el accidente. Y quizás, en esa danza imperfecta y aleatoria, esté no solo la verdad de nuestro tiempo, sino también un extraño tipo de belleza.

Quizá el mayor acierto de la novela de Latronico sea que nos deja una documentación muy entretenida de los últimos años. Y, ojo, con “entretenimiento” no me refiero a algo despectivo, al contrario: la novela logra llevarnos del inicio al final sin tomar partido ni emitir juicio —aunque claramente entendemos que hay una crítica (o mejor, una disección de laboratorio) a ese modo de vida, un cuestionamiento de “¿a dónde llegará todo esto?”.

En mi cabeza, la lectura de Latronico y la pregunta de Esteban están profundamente relacionadas. Quizá no pueda desarrollarlo claramente en palabras, pero siento que ambas indagan en el mismo andar borracho que es la vida. Unas personas (como Anna y Tom) creen que pueden predecir su siguiente paso sin darse cuenta de que están inmersos en un absurdo y un sinsentido; la diferencia es que su “no querer ser parte de ello” simplemente los devuelve a un punto en el que tampoco necesitan seguir cuestionándose nada.

Para Esteban (y para quien se pregunte algo similar), diría esto:

  • Abraza el absurdo (Camus): rechaza la idea de un «sentido» lineal y predeterminado.
  • Celebra la curiosidad y el morbo: esa «caminata aleatoria» de la humanidad que está chido observar hasta el final (nuestro final).
  • Conecta con Gray/Taleb: reconoce el papel del azar, la fragilidad de las predicciones, cómo los sistemas complejos emergen de lo impredecible.
  • Mantente anti-conservador: un proceso estocástico no tiene un «orden natural» fijo. El conservadurismo busca fijar la trayectoria; la estocasticidad la disuelve.
  • No seamos nihilistas: aceptar el azar no es rendirse; es aprender a bailar con él (como caminar con una chela en la mano).

Creo que lo que me mantiene aquí, en el fondo, es ver este proceso estocástico colectivo en tiempo real: la humanidad dando tumbos, a veces hacia atrás (como ese resurgir de la derecha), a veces hacia algún destello de lucidez colectiva. No tiene un propósito final, pero tiene patrones —y descubrirlos, aunque sea para reírnos u horrorizarnos, es el único entretenimiento que vale la pena.

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