César Aira y la constelación inabarcable: por qué leerlo es navegar un río sin orilla

Sé que para muchos lectores la figura de Aira puede resultar incómoda. Por un lado, es un autor con más de cien novelas publicadas: si has leído unas cincuenta, apenas tendrías la mitad de su obra, que se va transformando sutilmente libro a libro. Además, ha escrito ensayos en donde desmenuza sus ideas sobre el arte, la música, la vida y, por supuesto, la literatura.

Siento que este libro es uno de los más importantes, no solo dentro de su corpus, sino de la literatura de fines del siglo XX y de lo que viene en este siglo XXI, que ya pasó su primer cuarto.

Con menos de cincuenta páginas leídas, ya tenía la confirmación de por qué Aira es uno de mis autores favoritos de todos los tiempos:

«Una pequeña aclaración, para que no piensen que hablo en broma. Todas las ideas que se emiten sobre estos temas se basan en un supuesto nefasto, que es el de la importancia de la literatura. No creo que la literatura tenga ninguna importancia en la vida de la sociedad. Es el juego de una muy minúscula minoría, como la de los filatelistas o los ajedrecistas, por la cual la sociedad no se preocupa ni poco ni mucho, y lo bien que hace. Que entre nosotros los escritores haya quienes crean estar cumpliendo vitales funciones sociales es apenas una fantasía más en nuestro sistema de sueños; lo que encuentro lamentable es que esa fantasía llegue a anonadar a las demás con su mirada de Medusa, y provoque la interrupción del juego.» (p. 47)

Y no es falsa modestia, ni humildad fingida. Es una lectura objetiva de la realidad del mundillo literario.

En otro pasaje, pone a Marcel Proust y su obra como fuente de trabajo: al existir y habernos legado su Recherche, dio pie a infinidad de estudiosos, docentes, investigadores, becados… Una forma bonita —y real— de situar lo que la literatura puede ser.

Me vino a la mente otro de mis tótems: Nassim Taleb, brutalmente selectivo con lo que lee (y escribe). No sigue criterios literarios convencionales, sino la utilidad práctica y la resistencia al tiempo. Sus ideas sobre qué obras valen la pena se desprenden de conceptos como antifragilidad, skin in the game y el efecto Lindy.

¿Es la obra de César Aira “Lindy” (resistente al tiempo)?

Absolutamente. No estoy seguro de que sus más de cien novelas vayan a reimprimirse dentro de doscientos o trescientos años, pero algunas —Eterna juventud, Entre los indios, Cómo me hice monja, La guerra de los gimnasios, entre otras— creo que sí serán releídas con el paso del tiempo. Esa aspiración aireana de que su obra sirva para “reconstruir la Argentina” me parece de lo más atinado que le he leído.

Sus libros parecen insertarse en una tradición ancestral de oralidad cada vez menos frecuente. Sus novelas navegan la incertidumbre a través de personajes que beben de un conocimiento heredado y pulido por el tiempo.

Algo que Taleb valora en un autor es que se juegue el pellejo (skin in the game), cosa que Aira vive en cada entrevista y en cada libro que publica. En sus ensayos —Continuación de ideas diversas, Sobre el arte contemporáneo, etc.— se ve un génesis muy definido, que le da una libertad enorme al crear ficciones. Hay un autor que ha meditado muy bien los límites entre los que deambula al momento de crear.

Si algo nos brinda la obra de Aira es un espacio que gana con el debate, la crítica y la relectura. Podemos discutir sus novelas no solo como artefactos de disfrute lector —aunque a veces sus tramas me desesperan, como en Las conversaciones, El divorcio o Los fantasmas—, sino también como material para la teoría literaria e incluso filosófica.

Aira, más que despreciar los clichés o lugares comunes —como aquellos libros de autoayuda que ofrecen soluciones frágiles—, parece servirse de ellos para tender un plano que invite al diálogo. Sus relecturas de autores canónicos (Kafka) y de otros menos renombrados (Braulio Arenas) nos invitan a descubrir con nueva pasión algo que quizá habíamos pasado por alto.

Hay pasajes en este libro que no le deben nada a tratados filosóficos, solo que están escritos con más amenidad y dentro de un contexto narrativo:

«Cuando yo leí esto, a los quince años, mi vida cambió. Un velo cayó en mis ojos, para siempre. La realidad no tiene cuarto acto. No tiene desenlace. El malentendido no se resuelve jamás. No se resuelve porque no es ese su destino. Para resolverlo habría que volver atrás, rebobinar, y ya se sabe que fuera de la ficción no se vuelve al pasado. El destino del malentendido es justamente el contrario: hacer avanzar el tiempo, engendrar más malentendidos, multiplicarlos y hacerlos más eficaces, hacer de ellos verdades que sirvan para vivir y crear.» (p. 233)

«La historia no es más que su propio registro, y el de los modos de percepción y representación que la hacen posible. Los clásicos son la actualización de estos modos, vivos en tanto siga vivo el sentimiento de la Historia (que por momentos tambalea). Los mundos sucesivos de la realidad se saben fugaces, y se toman el cuidado de dejar a su paso los fragmentos con los que se los podrá reconstruir; es por eso, para fragmentarse, para hacerse pedazos lo más pequeños y portátiles posibles, que muestran tanta furia auto-destructiva. Este mundo fragilísimo en el que vivo y escribo corre hacia su destrucción, y la mía; se diría que no hace otra cosa que precipitarse… Pero cuanto más rápido va, más abundantes y claras son las huellas que deja. Más hermosas.» (p. 278)

Quizá la verdadera dificultad de seguirle el paso a Aira —esa gigantesca producción, esas novelas que aparecen como estallidos en sellos grandes, independientes, casi secretos— sea justamente el núcleo de su proyecto literario. En lugar de entregar un novelón monumental y conservador, una «obra total» de mil páginas que busque fijar su nombre en mármol, Aira optó por lo contrario: una constelación en expansión. 

Se adelantó a nuestro tiempo fragmentario, hiperproductivo y disperso, y desde antes del fin del siglo pasado comenzó a trabajar en una propuesta sin parangón en la literatura latinoamericana: escribir cientos de mundos posibles, variar tramas, registros y tonos con cada entrega, y hacer de su obra un ecosistema literario que exige del lector no devoción, sino curiosidad y resistencia activa. No es un autor para ser «poseído» en una edición completa, sino para ser encontrado en librerías de viejo, en catálogos mínimos, en la sorpresa del próximo título.

Con esa estrategia, a contracorriente de toda lógica de mercado y de consagración fácil, se inscribe de lleno en la Historia de la Literatura Mundial. No como un monolito, sino como un fenómeno: un río que cambia de cauce constantemente y cuya fuerza está en su flujo, no en su desembocadura.

Lo más triste —o acaso lo más lógico— es que nunca le darán el Nobel. Dudo que algún jurado sueco logre, o quiera, navegar semejante archipiélago. Sin embargo, no me cabe duda de que es el más digno merecedor de ese reconocimiento (no porque crea en la importancia última del premio, sino por la proyección que le daría a la literatura en español de Sudamérica, de la Argentina) después de Borges. Pero tal vez Aira ya ganó algo más valioso: la libertad de seguir escribiendo, oleada tras oleada, mientras el resto discute qué hacer con la orilla.

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