El carnaval sin fin: máscaras, poder y desaparición en El vestido verde de Efrén Ordóñez Garza

I. La caída hacia ninguna parte

Hay novelas que se leen. Otras, como El vestido verde, se habitan. Desde la primera página, Efrén Ordóñez Garza (Freni, para quienes lo queremos) nos sumerge en un vértigo que no cesa, en una caída que no encuentra fondo porque el fondo ha sido abolido. La protagonista no huye hacia algún lugar; huye de algo que está en todas partes. Y esa es la primera gran intuición de la novela: el mal contemporáneo no tiene coordenadas, no se localiza en un edificio siniestro ni en una figura claramente identificable —bueno, quizá sí en un hombre panzón que bebe cerveza light en la vía pública, pero ese hombre es apenas una manifestación, un síntoma, no la enfermedad misma.

La ciudad que habita (que padece) la protagonista es un espacio donde la autoridad se ha evaporado. No porque haya sido derrocada, sino porque ha sido sustituida. La televisión, las redes sociales, los algoritmos: eso gobierna ahora. Eso y nada más. O eso y todo, que viene siendo lo mismo. En esa ciudad sin ley, el acoso no necesita esconderse; el hombre panzón bebe su cerveza light a plena luz del día, en cualquier banco, en cualquier esquina, reafirmando con cada sorbo que no hay orden que lo contenga, que la calle es su casa y también su trono.

II. El Griego y la máscara de la belleza

Pero hay otro acosador. Uno más sutil, más tecnológico, más contemporáneo. El Griego no necesita acechar en las calles porque su acecho cabe en un teléfono. Sus mensajes llegan a cualquier hora, fotografías de su cuerpo trabajado, un gimnasio convertido en arma, esa belleza hegemónica que siempre ha funcionado como pase automático, como credencial de confianza. Porque ¿cómo va a ser peligroso alguien tan atractivo?

El Griego coquetea, insiste, violenta con la sonrisa puesta. Sus imágenes no son amenazas explícitas, son recordatorios: de que tiene un cuerpo, de que ese cuerpo puede estar donde ella está, de que la distancia entre un mensaje y una presencia es solo cuestión de voluntad. Y cuando finalmente le encarga que desaparezca a su amiga, el horror no está en la orden, que es una orden, aunque suene a favor, sino en la naturalidad con que se formula. Como si deshacerse de alguien fuera un trámite, un favor entre conocidos, un «¿me ayudas con esto?».

La genialidad de Efrén está en el contrapunto: el Griego y el hombre panzón, el cuerpo esculpido y el cuerpo abandonado, la belleza y la fealdad, trabajando juntos. Porque en este carnaval que no termina, las máscaras ya no engañan a nadie, o mejor dicho: engañan a todos, todo el tiempo. El Griego parece lo opuesto al poder grotesco, pero es su brazo ejecutor, su sonrisa publicitaria, su fachada para tiempos de Instagram. La belleza, en El vestido verde, no es virtud ni redención: es otra máscara. Y lo que oculta, como lo que oculta la panza del otro, es la misma capacidad de destrucción.

III. Los tres cuerpos de las mujeres

Y luego están ellas. Las mujeres. Porque si algo queda claro desde las primeras páginas es que en esta novela las mujeres son, ante todo, cuerpos. Cuerpos que se usan, que se desechan, que se desaparecen. Cuerpos que investigan y cuerpos que son investigados. Cuerpos que intentan escapar de la condición de cuerpo y terminan más atrapados que antes.

Efrén dibuja, sin solemnidad pero con precisión quirúrgica, tres destinos para las mujeres en este mundo carnavalesco.

Las que indagan. Como la protagonista, que quiere escribir para el New Yorker, que sueña con Nueva York, que cree que la distancia geográfica puede ser también distancia política. Son las que intentan mirar el poder desde fuera, sin darse cuenta de que fuera no hay nada, de que el poder lo abarca todo, de que la mirada misma ya está capturada.

Las que forman parte de la maquinaria. Mujeres que han aceptado ser engranajes, que se mueven dentro del sistema, que han aprendido sus códigos y sus privilegios. Creen tener poder, pero es un poder prestado, un poder que pende de un hilo tan delgado que cualquier estornudo lo rompe. Su visibilidad es una ilusión óptica, un espejismo que las mantiene quietas mientras el desierto crece a su alrededor.

Y las que desaparecen. Las amigas, las colegas, las que osaron decir algo, las que simplemente estaban en el lugar equivocado. Sus cuerpos se convierten en estadísticas, en notas al pie, en recuerdos que la protagonista intenta no olvidar mientras todo conspira para que los olvide.

Hay, quizá, una cuarta categoría: las que transforman sus cuerpos para mostrar poder. Músculos, gimnasio, disciplina férrea. Pero esa transformación, lejos de liberarlas, las ata más fuerte: porque ahora su poder depende de su cuerpo, de su apariencia, de ese físico que deben mantener y exhibir. El patriarcado, en El vestido verde, no solo usa los cuerpos de las mujeres: los obliga a convertirse en su propia cárcel.

IV. Bajtín en la era del streaming

Al leer El vestido verde venía a mi mente la idea de carnaval de Bajtín. Era la única manera de nombrar lo que estaba leyendo. Porque esta novela es, ante todo, una operación carnavalesca.

Recordemos: para Bajtín, el carnaval medieval creaba un «segundo mundo» donde las jerarquías se invertían, donde el bufón podía ser rey y el rey, bufón. Era una válvula de escape, una suspensión temporal del orden que, paradójicamente, reforzaba ese orden al permitir su cuestionamiento ritualizado una vez al año.

Lo que hace Efrén es más radical y más aterrador: en El vestido verde el carnaval no termina. No hay vuelta a la normalidad porque la normalidad, sencillamente, ha dejado de existir. La inversión de valores se ha vuelto permanente. Lo grotesco ya no es una pausa en el orden; es el orden mismo.

Y en ese carnaval permanente, las máscaras ya no se quitan. El Griego es su máscara, pero también es lo que oculta. El hombre panzón es su abandono, pero también es su complicidad. La belleza y la fealdad, la juventud y la decrepitud, la fuerza y la debilidad: todas las categorías se mezclan, se confunden, dejan de significar. Lo único que permanece, lo único que realmente importa, es el poder. Su ejercicio. Su celebración.

V. La ciudad imaginaria y el país incierto

Uno de los aciertos más sutiles (y más políticos) de El vestido verde es que la ciudad donde ocurre todo es, deliberadamente, ninguna ciudad y todas las ciudades. No hay coordenadas reconocibles, no hay monumentos identificables, no hay acentos que delaten una geografía precisa. Y sin embargo —y aquí está la magia— esa ciudad imaginaria duele como duelen las ciudades reales de un país incierto.

¿De qué país hablo? De ese país donde la acumulación de capital y la inyección de liquidez por parte de grandes empresas logran encumbrar una «mini potencia económica» capaz de cooptar las narrativas sociales. Capaz de comprar los medios de comunicación, sí, pero también capaz de algo más profundo y más peligroso: capaz de convertirse ella misma en el único medio de comunicación.

Muchosmedios no es una metáfora. Es el nombre preciso de un mecanismo que ya conocemos: cuando un conglomerado lo abarca todo, cuando no hay espacio fuera de sus pantallas, cuando la noticia sobre las desapariciones de mujeres que laboran para la propia empresa no encuentra dónde publicarse porque todo es la empresa, entonces hemos entrado en un régimen nuevo. Un régimen donde el poder ya no necesita censurar porque ha vuelto la censura irrelevante: ¿para qué prohibir lo que nadie puede decir si no hay dónde decirlo que no sea propiedad del poder?

VI. La prosa como vértigo

Todo lo anterior no funcionaría si la prosa no estuviera a la altura. Y aquí Efrén demuestra su oficio, su dominio del oficio. La narración es ágil, encabalgada, vertiginosa. Las acciones se suceden unas tras otras sin darnos tregua, sin permitirnos ese respiro que en otras novelas usaríamos para reflexionar, para tomar distancia, para juzgar lo que estamos leyendo.

Pero esa ausencia de pausa no es un defecto: es el mecanismo mismo de la novela funcionando. Porque así es la realidad que Efrén retrata: no da tregua, no permite la reflexión, no nos deja tomar distancia. Estamos, como la protagonista, atrapados en una caída que es también una persecución, en una huida que es también una trampa. La prosa no describe el vértigo: lo ejecuta.

VII. El vestido verde

No he hablado del vestido verde. Tal vez porque, como en toda gran novela, el título es una promesa que se cumple de maneras inesperadas. El vestido verde es muchas cosas: es un objeto, es un símbolo, es una obsesión, es una clave. Pero sobre todo, creo, es aquello que la protagonista intenta preservar en medio del naufragio. Su última pertenencia, su última conexión con una identidad que se deshace.

Que sea verde —el color de la esperanza, dicen— no es casual. Pero en esta novela la esperanza no es un destino, ni siquiera una posibilidad. Es, apenas, un color. Un color que se mancha, que se arruga, que quizá al final ya no sirva para nada. Pero que mientras tanto, mientras dure la caída, la protagonista (y nosotros con ella) seguirá viendo, seguirá buscando, seguirá vistiendo aunque sea con la mirada.

VIII. Coda: el poder anticipador de Efrén

Quien haya leído Humo sabe que Efrén Ordóñez Garza tiene una extraña capacidad para oler lo que viene. Para detectar, en el ruido del presente, las frecuencias que anuncian tormentas futuras. El vestido verde confirma ese don y lo lleva más lejos.

Lo que esta novela anticipa (y lo que los Epstein Files, las filtraciones, las investigaciones periodísticas van confirmando mes a mes) es que el poder ya no necesita esconderse. Que lo grotesco no es una máscara que oculta, sino un rostro que muestra. Que el carnaval, cuando se vuelve permanente, deja de ser fiesta para convertirse en pesadilla.

Y que en medio de esa pesadilla, lo único que nos queda —lo único que le queda a la protagonista, lo único que nos queda a nosotros— es tal vez un vestido verde. Una pequeña afirmación de que algo, al menos algo, todavía no ha sido devorado por la máquina de triturar realidades que hemos construido.

El vestido verde no es una novela para leer. Es una novela para atravesar. Y al final, cuando uno sale (si es que se sale), descubre que ya no mira el mundo de la misma manera. Porque Efrén no solo ha escrito una gran novela: ha construido un espejo. Y lo que vemos en él no es un reflejo, sino nosotros mismos tratando de recordar quiénes éramos antes de que el carnaval comenzara.

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