Hay novelas que se leen con la incomodidad de reconocer algo que preferiríamos no ver. Empleado desconfianza, de José Casas-Alatriste Parlange, es una de ellas. No porque sea críptica o experimental; de hecho, su prosa es ágil, llena de un humor chilango que engancha desde la primera página; sino porque su protagonista, Maximiliano Venegas, encarna todo aquello que, desde ciertas trincheras progresistas, queremos creer que está en vías de extinción. Y no lo está.
Maximiliano es un antihéroe sin atenuantes: misógino, homofóbico, padre ausente, esposo que habla pestes de su mujer mientras intenta ligar con una compañera de trabajo, amante negligente que embaraza a su amante y ni siquiera eso lo hace reflexionar. Es, para decirlo sin rodeos, un ser despreciable. Pero también es un tipo muy real. Y ese es el primer gran acierto de la novela: construir un personaje que no busca nuestra simpatía, que no tiene un arco de redención, que toca fondo y sigue cavando. No hay iluminación final, no hay «lección aprendida». Hay, simplemente, un hombre que se hunde en su propia mediocridad y se lleva a quienes lo rodean con él.
La estructura de la novela refuerza esta idea. Empleado desconfianza se despliega en dos niveles: por un lado, la narración de la vida gris de Max en el banco, sus odios cotidianos, su rivalidad imaginaria con Gabriel Cambiazzo (un enemigo que solo existe en su cabeza); por otro, los fragmentos de la novela que Max está escribiendo en secreto, protagonizada por Dante Benavides, un álter ego idealizado que es todo lo que él no se atreve a ser. Este desdoblamiento recuerda, por momentos, a la estructura dual de Las palmeras salvajes de Faulkner, donde dos historias aparentemente inconexas dialogan a distancia. Pero aquí el diálogo es más perverso: Dante no es un héroe redentor, sino una fantasía que también termina contaminada por el mismo machismo que Max encarna. Dante es «caballeroso», cree en el amor romántico, salva a la damisela en apuros. Es decir: incluso lo «mejor» que Max puede imaginar de sí mismo sigue atrapado en los mismos lugares comunes del patriarcado.
Eso, me parece, es un hallazgo. Porque nos recuerda algo incómodo: hay hombres que saben que hay otras maneras de ser hombre, que incluso son capaces de imaginarlas y ponerlas por escrito, y sin embargo siguen siendo una escoria. El conocimiento no necesariamente transforma. Y ahí la novela de Casas-Alatriste se vuelve política sin necesidad de ser panfleto. En tiempos donde se discute tanto el lugar de lo político en el arte, Empleado desconfianza nos devuelve a una verdad elemental: todo es político, incluso (o sobre todo) cuando retratamos lo que no queremos ser. La elección de un protagonista que es la antítesis de lo progre, de todo lo que nos gustaría que cambiara, funciona como un recordatorio incómodo: el conservadurismo, el machismo, la mediocridad ética tienen un caldo de cultivo profundísimo en la sociedad mexicana. Ignorarlo no lo hace desaparecer.
El humor, por cierto, es otro de los logros de la novela. Al principio, las ocurrencias de Max, su manera de expresarse, sus chistes de mal gusto, arrancan risas. Es un humor verosímil, muy chilango, muy “clasemediero”. Pero conforme avanzamos, la risa se vuelve incómoda, y luego francamente repulsiva. Esa transición no es casual: José Casas-Alatriste sabe que el machismo también se ríe, que tiene su propio registro cómico, y mostrarlo sin edulcorarlo es también una forma de denuncia. No hay aquí una voz autoral que juzgue desde arriba; hay, más bien, un espejo colocado frente al lector para que decida si quiere reírse (coludirse), apartar la mirada o denunciarlo.
Vale la pena detenerme aquí porque, justamente, la recepción de la novela ha tenido lecturas que me parecen profundamente injustas. Hace unos meses, Roberto Pliego publicó en Milenio una reseña donde desestimaba Empleado desconfianza bajo el argumento de que «cualquiera puede escribir una novela» y que la obra de Casas-Alatriste no sería más que el folleto publicitario de un coach motivacional disfrazado de literatura. El prejuicio es evidente: como José también se dedica al coaching, su novela no puede ser tomada en serio. Es el clásico ad hominem vestido de crítica cultural, y parte de un supuesto que me parece falso: que la literatura debe estar reservada a una casta de iniciados, que hay temas y oficios «dignos» de ser novelados y otros que no. Pliego se sube a su high horse y desde ahí dictamina lo que es y no es literatura, sin detenerse a ver lo que la novela sí logra: un retrato implacable de un sector de la masculinidad mexicana que ninguna otra novela reciente había abordado con tanta crudeza.
Porque, al final, Empleado desconfianza no es un manual de autoayuda. Es, más bien, lo opuesto: un espejo que no favorece a quien se mira en él. Max no encuentra la fórmula para ser mejor; no descubre su «yo interior» ni aprende a quererse. Lo que encuentra es un callejón sin salida, y su historia nos obliga a preguntarnos cuántos Maxes caminan a nuestro lado en la calle, en la oficina, en la familia. El epígrafe de Bohumil Hrabal, tomado de Una soledad demasiado ruidosa, adquiere aquí todo su sentido: Hrabal también retrató a un hombre desplazado, que ama los libros que debe destruir, que termina siendo él mismo desechado por el sistema. Max no es Hanta, claro, pero comparte con él esa soledad ruidosa del que está atrapado en un mundo que no comprende del todo y que, sin embargo, contribuye a perpetuar.
¿Es Max un personaje «redimible»? No. Y esa es precisamente su grandeza. En tiempos donde la ficción contemporánea parece obsesionada con la redención, con el arco de transformación, con el personaje que «aprende la lección», Casas-Alatriste apuesta por lo contrario: un antihéroe que no mejora, que no nos da tregua, que nos obliga a mirar de frente lo más oscuro de la masculinidad promedio. Y lo hace con una prosa ágil, un humor afilado y una estructura narrativa que juega con la tradición (Faulkner, Hrabal, Palahniuk) sin perder su propia voz. Al final, Empleado desconfianza me dejó una pregunta incómoda: ¿qué pasa con esos hombres que saben que hay otras formas de vivir, que incluso son capaces de imaginarlas, y aún así eligen no cambiar? La novela no responde. Solo muestra. Y eso, en mi opinión, es mucho más valioso que cualquier moraleja.


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