Something in the way: leer a Breece D’J Pancake y habitar la oscuridad

Al Puny

Según yo, fue en junio de 2007, o julio, o agosto. Da igual. El tiempo se pliega cuando uno recuerda ciertos umbrales. Entré a trabajar a la Biblioteca de la Casa de la Cultura de Nuevo León, una propuesta que me hizo Agustín García Gil y que no dudé en aceptar de inmediato. Yo era auxiliar, y el encargado era todo un personaje del underground regiomontano: alguien que yo conocía solo de oídas como capaz de conseguir cualquier película que te interesara, alguien a quien le hablabas de algo y podía darte las referencias en las que tal o cual artista se basó para crear su lenguaje propio. Creo que nunca le he agradecido lo suficiente a Gildardo —El Puny, para quienes lo conocen y conocerán— haber sido mi guía, mi gurú, mi amigo. Con él, más bien creo que me comporté como todo un patán en más de una ocasión. Me pesa.

Recuerdo con cariño esas mañanas cargadas de café y música, pláticas interminables que pasábamos para que cada quien escuchara lo que le interesaba en lo individual. Yo tenía un camino larguísimo que recorrer. Aún lo siento así. Fue en esa época que comencé a leer la revista Rockdelux, también por sugerencia suya. Y fue gracias a esa revista que me interesé por escuchar una diversidad de autoras y autores a los que no hubiera accedido por iniciativa propia.

In the corner there is light / That is good for you / And behind you, I have warned you / There are awful things

En ese entonces, el internet no era lo que es ahora, pero aún así, gracias a Gildardo conocí eMule y dejábamos las computadoras descargando música y películas, y luego todo eso lo quemaba en CDs. Estoy seguro de que aún debe sobrevivir toda esa música en alguna parte, en casa de mis papás.

En algún momento, llegó a mí la referencia de Bonnie «Prince» Billy y el mundo tal como lo conocía ganó en luces y sombras, en claridad y oscuridad. El mundo se volvió más nítido, y entre la nitidez ganada estaban esos rincones oscuros que hacen que la vida sea más de lo que podemos comprender.

Valga todo esto como introducción a los lugares a donde me llevó la lectura de Trilobites, de Breece D’J Pancake.


Leer a Pancake fue para mí como volver a esa época, pero con una densidad distinta. Sus relatos me hacían sentir una nostalgia y una pérdida del mundo muy profundas. Me llevaron a lugares donde no existe la ternura, donde reconocer lo siniestro y malvado que uno puede habitar requiere de cierto valor, de cierta fortaleza para superar el terror de reconocer a quién habitamos en esta perra vida.

«I walk, but I’m not scared. I feel my fear moving away in rings through time for a million years.»

Y en español, en la edición que leí (Alpha Decay, traducción de Albert Fuentes), queda así:

«Me levanto. Pasaré la noche en casa. Algún día cerraré los ojos en Michigan, o quizá incluso en Alemania, o en China. Aún no lo sé. Camino, pero no tengo miedo. Siento que mis temores empiezan a disiparse en anillos concéntricos a través del tiempo, durante un millón de años.» (p. 45)

Mientras leía los relatos de Pancake me adentraba en un estado de ánimo que me transportaba a algunas de las letras de Bonnie «Prince» Billy, pero con otra capacidad de adentrarse en la psique humana.

Pensaba específicamente en I See a Darkness, ese disco donde Will Oldham canta desde una lucidez que roza lo insoportable. Fue el relato Cazadores de zorros el que más me transportó a ese territorio: la tensión dramática alrededor del machismo, la misoginia, el bullying, un protagonista vulnerable rodeado de hombres que explotan sexualmente el cuerpo de una mujer sin cuestionarse nada, mientras salen a cazar zorros en un juego pavoroso y terrible. El protagonista no es ningún héroe, pero hacia el final dispara mal a propósito para ahuyentar a la zorra, para que no la maten con los rifles. Esa pequeña desviación, ese acto mínimo de resistencia, es quizá lo más parecido a la piedad que uno encuentra en estos cuentos. Como la teoría del iceberg, pero en donde ambas partes —lo que se ve y lo que se oculta— son contadas con la misma frialdad. El contexto no encubre los crímenes que esos hillbillies tienen normalizados; los vuelve apenas visibles, los deja ahí, a la intemperie, sin necesidad de subrayarlos.

A nadie le es ajeno que Pancake se suicidó en 1979, a los 26 años, dejando apenas una colección de doce cuentos y un puñado de fragmentos. Lo que estamos leyendo se ve modificado por quien fue su autor. En mi caso, la información modifica la lectura porque interpreto que aquello que lo llevó a escribir esos relatos «así» fue lo mismo que en su momento lo llevó a suicidarse. Algo parecido me sucedió cuando escuché el Unplugged de Nirvana: «estoy escuchando a un suicida», pensé entonces. Las letras son las de alguien que decidió terminar con su vida, pero también son las de alguien que, antes de irse, quiso dejar constancia de lo que vio.

La prosa de Breece es demoledora, brutal, violenta. Pero no es una violencia gráfica ni espectacular. Es una violencia que emana del paisaje, de los silencios, de las preguntas sin responder de los personajes. Está en los cielos abiertos plagados de nubes blancas enormes, en la vegetación cargada, en los animales de granja esperando ser subastados, preñados, aniquilados para el consumo. Es una violencia estructural y normalizada, la que uno respira sin darse cuenta hasta que ya está dentro. Como el trabajo de los arqueólogos: hace excavaciones con maquinaria pesada para eliminar todo lo que no es necesario, y cuando da con una pieza importante, comienza ese trabajo de desbroce delicado para dar con lo medular. Lo que encuentra, a menudo, es un vestigio de otra era: una fractura, una herida, un fósil.

De ahí el título. Trilobites no es solo el nombre de uno de los relatos; es una clave de lectura. El trilobite es un animal prehistórico, fosilizado, que sobrevive en la piedra como rastro de un mundo extinto. Los personajes de Pancake son así: están atrapados en paisajes que los exceden —minería decrépita, granjas agotadas, carreteras que no llevan a ningún lado— y llevan dentro algo que ya no tiene nombre, pero que duele con la misma intensidad que cuando era nuevo. Me gusta pensar que Pancake sabía que la época de la que habla en sus relatos es apenas un momento en la historia de la humanidad, un hecho que se convertirá en vestigio, en fósil, en remanente. Trilobites es, quizá, el legado escrito de esa certeza.

La luz, en estos relatos, está. Pero no es una luz que lo ilumina todo, o mejor dicho: aunque lo ilumina todo, no logra atravesar aquellos hechos, acciones, objetos que hacen sombra, que provocan oscuridad, que por sus paredes opacas continúan ocultando algo que nos es imposible conocer. La luz está ahí, como en la epígrafe de Bonnie «Prince» Billy, pero lo que ilumina no siempre es lo que quisiéramos ver. Y quizá por eso la ternura, en estos relatos, no existe: no porque sea imposible, sino porque nadie está dispuesto a pagar su precio.

Leer Trilobites es aceptar que uno también está hecho de capas sedimentarias, de restos de versiones anteriores de uno mismo que ya no existen. Es aceptar que la oscuridad no está afuera, sino adentro, y que quizá la única forma de sobrellevarla es nombrarla con la precisión de quien ha decidido no engañarse más.

Los personajes de Pancake no tienen redención, no tienen arcos de transformación. Son fieles a sus naturalezas, a su socialización, a su educación. No hay héroes. No hay redentores. No hay apologías. Solo vemos los comportamientos esperados de cada uno, y eso es suficiente para que el relato funcione como un bisturí. No es realismo sucio; es realismo estético y quirúrgico de una naturaleza humana que tiene sombras, que tiene oscuridad, que tiene una carga de cosas que no vemos y de las que los personajes simplemente son parte.

Breece D’J Pancake escribió como si se le fuera la vida en ello. Y, en cierto modo, así era. Leerlo no exige poner algo en juego, no del todo; pero sí exige algo: comprender que hay otros puntos de vista, puntos de vista que nos llevan a lugares incómodos. Lugares donde uno se sumerge en vidas ajenas y, sin querer, se encuentra en una situación de la que no creía ser capaz. Lugares donde uno mira el paisaje y descubre que también está hecho de capas, de tiempo acumulado, de cosas que ya no están pero que siguen pesando.

«It took over a million years to make that smooth little hill, and I’ve looked all over it for trilobites. I think how it has always been there and always will be, least for as long as it matters.»

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