Qué cosa tan más monumental es la obra de Annie Ernaux. Hay una correspondencia entre su estilo, lo que cuenta y desde dónde lo hace que me resulta asombrosamente majestuosa. No es casualidad: la forma es el fondo.
Con una aparente sencillez, de lenguaje, de palabras, de frases que parecen no querer llamar la atención, Ernaux indaga en la profundidad de su yo para dialogar sobre conciencia de clase, sobre la herencia del padre, sobre las decisiones que nos separan de nuestros orígenes y también sobre aquello que, a pesar de todo, nunca dejamos del todo atrás.
El lugar: ¿exactamente dónde es? ¿Dónde fue? ¿Es la infancia? ¿Es ser hija? ¿Es crecer? ¿Es ese espacio incómodo entre dejar de pertenecer y no terminar de llegar? La pregunta que titula el libro nunca termina de responderse, y quizá por eso mismo pesa tanto.
En esa también aparente sobriedad, habrá quien diga que es fría y clínica. Pero no. Siento que lo que algunos critican, y otros celebran, es en realidad una forma de querer mostrar sin sentimentalismos que abaraten la experiencia recobrada por medio de la literatura. Me recuerda a cuando algunos cineastas piden a sus actores decir los diálogos casi sin emociones, porque la emoción está en otra parte, no en la manipulación del intérprete. Ernaux hace lo mismo: confía en que el lector encuentre la emoción en el vacío que ella deja, no en lo que subraya.
Estas páginas le sirven a la autora para hablarnos de algo que quiere con fuerza, de algo a lo que quiere rendirle homenaje, pero uno que no ensalce en el vacío, un homenaje que no se convierta en la confirmación de una burguesía que mancillaría el recuerdo del padre. Por eso la escritura es así: despojada, precisa, quirúrgica. Porque el afecto verdadero no necesita adornos.
Mientras la leía, no podía escapar a que mi mente deambulara por mi doble condición: de hijo, de padre. Pensaba en mi papá y en cómo me gustaría hablar más con él; en cómo creo que mantengo una relación más cercana con Emilia a pesar de las distancias. Me detenía y volvía a retomar la lectura, como si necesitara respirar entre capa y capa de significado.
Pero hay un contrapunto. En mi caso, papá siempre fue abrumador por su capital cultural: médico, pediatra, neonatólogo. Recuerdo jugar con él a Maratón; siempre ganaba por mucho. Su conocimiento siempre me impresionó. Cómo sabía cosas incluso antes del internet. Una vez me corrigió la pronunciación del apellido de Milorad Pavić, y yo, que creía saberlo todo, me quedé en silencio. No había vergüenza, había asombro. No había distancia que lamentar, sino una brecha que admirar. Ernaux escribe desde la herida de haberse ido; yo leo desde la gratitud de haber tenido cerca a alguien que me enseñó sin pedir nada a cambio.
Quizá por eso El lugar me duele de otra manera. No soy la hija proletaria que ascendió de clase y ahora mira con culpa al padre que dejó atrás. Soy otro tipo de hijo. Pero el libro me habla igual. Porque todos, de una u otra forma, negociamos con el origen. Todos cargamos con lo que nos dieron y con lo que decidimos no repetir.
Definitivamente, Annie Ernaux está en mi Olimpo literario. Y con gusto iré leyéndola y sumergiéndome en su obra, que cada vez me habla más desde un lugar próximo, quizá porque ella escribió desde la distancia justa para que otros, como yo, nos sintiéramos interpelados.
Ya me dieron ganas de leer La vergüenza, su libro de 1997. Por lo que he visto, ahí Ernaux se remonta al momento exacto en que supo que su familia «había dejado de ser gente decente» tras un intento de asesinato entre sus padres. No es un libro sobre el padre, sino sobre el origen del rubor de clase. Me interesa ver cómo continúa esa exploración sin red, ahora desde una herida más cruda y menos contenida. Porque si en El lugar la escritura es fría para no mancillar al padre, en La vergüenza parece que la frialdad es la única forma de acercarse al abismo sin caer en él. Allá voy.


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