Postcapitalist Desire: la última clase de Fisher y mi incredulidad en la educación formal

Conforme más envejezco y continúo trabajando en educación, siempre en áreas administrativas, nunca como docente, reafirmo mi descreimiento en la educación formal. Yo mismo, heredero de esa educación de los ochenta, los noventa y los dosmiles, considero que lo más firme está en aquello que aprendemos «por nuestra cuenta». Lo que recuerdo de mi niñez era una búsqueda por ser distinto de mis compañeros, y en algún momento descubrí que podía lograrlo teniendo información y conocimientos diferentes a los que nos unían en las clases que tomábamos juntos. Recuerdo mi afán de «leer» diccionarios en busca de palabras extrañas, tratando sin éxito de aprender sus significados (siempre fui pésimo para memorizar) y también recuerdo calcando las banderas de los países que venían en las guardas del Pequeño Larousse Ilustrado que había en casa durante los veranos.

Leer Postcapitalist Desire: The Final Lectures de Mark Fisher fue arañar imaginariamente qué hubiera sido ser uno de sus estudiantes. Estar sentado allí con este hombre que me hubiera fascinado conocer y con quien con gusto me hubiera tomado una cerveza en un pub mientras conversamos sobre lo que sea que estuviera sucediendo esa semana. Leer a Fisher siempre me transporta a una nostalgia inventada en mi imaginario, como cuando quieres responder un mensaje de un amigo que logra, de alguna manera, hacerlo llegar al día siguiente.

Estas lecturas son fascinantes. Me permiten acercarme a ese Mark que titubea, que duda, que invita a co-construir el conocimiento, que se apasiona y que se preocupa por ser un docente necesario para un grupo de estudiantes. La edición es una joya: permite tener un contexto muy redondo de lo que se estaba cocinando en ese último curso que daría en vida. Porque gracias a sus libros podemos continuar conversando con él.

Leyéndole, también recuerdo mis primeros semestres en la universidad, hace ya más de veinte años, cuando me encerraba en la biblioteca de mi facultad buscando leerlo todo. Veía una referencia a X autor y allá iba a buscar qué había. Me recuerdo, y no puedo evitar reírme ahora, leyendo el Diccionario Filosófico de Voltaire, lo que hubiera de Bataille, Lukács (¡Lukács! jajajaja) y su Teoría de la novela. Todo lo que llevara «posmodernismo» en su título: Lyotard, Jameson. Y me da risa porque obvio no entendía nada, pero yo creía que sí. Pero no: no entendí nada. Quizá ahora me pueda dar cuenta de lo poco que leía y de lo mal que lo hacía. Quizá ya lo hago un poco mejor.

Una de las ideas centrales de Fisher: «es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo» la vemos aquí diseccionada en los pasos previos que lo llevan a su concepto de capitalismo realista. En este curso asistimos a las preguntas que se continúan construyendo en su mente para buscar elaborar una propuesta de respuesta, alguna alternativa posible, una esperanza fundamentada. Y eso es increíble. Eso es muy bonito.

Llevo semanas replanteándome mis tótems (Gray, Taleb, Pouydebat, de Waal), sobre todo a John Gray, ahora que comencé a leer Nuevos leviatanes. Siento que opera en mí un cambio de paradigma. Mi pesimismo radical cede un poco. También tiene que ver mi trabajo actual en un subsistema de bachillerato de la educación pública: ese breve contacto con las niñeces y adolescencias del país que habito y que la fuerza política en turno se afana en pulverizar. Es apabullante la maquinaria de podredumbre que es el gobierno en general, pero en específico el actual: el mar de estulticia que nos gobierna no tiene fin.

Por un lado, plataformas como X me abruman y me llevan a darle la razón a David Foster Wallace y al propio Fisher. Leo las noticias a diario, leo las opiniones, la polarización, lo desarticulado que estamos como sociedad, y leyendo a Fisher descubro esos hilos negros que podrían explicarnos un poco cómo llegamos a dónde llegamos, y cómo es casi imposible plantearnos otra alternativa.

Usualmente me siento apesadumbrado. Luego veo la sonrisa en el rostro de Be, escucho la voz en paz de Emilia, escucho a mamá que toma un descanso de su ajetreado día a día, o a papá que aún tiene el aliento para enfrentarse a los molinos que son su trabajo. Yendo en bici me permito sentir el aire cada vez más caliente de esta ciudad a la que me aferro, mientras pienso si estaré lo suficientemente descansado para que mi entrenamiento del día sea efectivo o si será mejor quedarme en casa a terminar de leer con calma algo que me «habla», algo que me plantea preguntas que me dejan pensando en el sillón de la sala, viendo el techo o la pared que tienen un acabado texturizado horroroso y que yo asocio a mis años de infancia.

Fisher no me ha dado respuestas. Pero me ha dado preguntas mejores. Y eso, en este oficio de leer sin título, sin aula, sin otra brújula que el deseo de entender, es probablemente lo más parecido a una esperanza que puedo permitirme.

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