Huir de Evan Dara: principiantes eternos en un mundo sin originalidad

Sigo rumiando Huir (Flee, Pálido Fuego, 2023). Muy sofisticado para mi gusto. Es decir, no puedo decir que me gustó y mucho menos que lo disfruté. Pero ahora que vuelvo a repensarlo para escribir esta entrada, termino sintiendo que sí quiero leer más de Evan Dara. Ya tengo a la mano sus dos novelas anteriores y estoy seguro de que me darán mucho de qué pensar, igual que esta.

Al inicio sí, me estaba volando la cabeza. Leer distintas voces sin tener la referencia de quién hablaba me hizo pensar en el inicio de La traición de Rita Hayworth, de Manuel Puig. Esa complejidad de los diálogos me exigía ir tratando de entender quiénes hablaban y sobre qué, porque el qué no quedaba claro. «Algo» había sucedido que trastocó la vida de las personas de un pueblo. Pero luego el recurso estructural me agotó cuando la trama no me atraía absolutamente nada. La novela se centró en algunas historias en específico, «perdió» esa pluralidad de voces, y los personajes no se me hicieron tan interesantes. Aunque creo entender por qué Dara eligió a esos personajes para explorar y ahondar en sus tramas: para que llevaran el peso de la novela.

Está cabrón porque es una especie de artefacto literario, muy complejo en su simplicidad, pero más cerca de un Macedonio Fernández que de un Manuel Puig, a pesar de que sería deudor de ambos autores. De Macedonio tiene la idea de artefacto literario y esa exploración de temas filosóficos que aparecen:

«Lo que dices no es nuevo. Pero como sea, sabes, como sea tenemos que recomenzar aquí, hacer que la historia despegue. Por supuesto que no hay segundos actos en una vida anderburguiana. Hemos llegado al punto de ni poder soñar con segundos actos. A estas alturas estamos en nuestro quincuagésimo acto, en nuestro centésimo acto. Estamos destinados a un reinicio perpetuo. ¿De acuerdo? Por tanto, llamémonos lo que somos: principiantes eternos. Personas para las que aprender a recomenzar es una manera de prepararse para volver a recomenzar». (p. 99)

Esa idea de eterno inicio, de efecto Sísifo de la existencia humana. Y es extraño, porque ahora, tratando de responder esta pregunta, me viene a la mente que pudo dar pie a que en Occidente tomáramos como un camino de vida, como un fin: establecernos. Quizá la Segunda Guerra Mundial tuvo algo que ver, ¿no? Después de haber vislumbrado el apocalipsis del mundo como lo conocíamos, el que una bomba atómica se detonara, atisbar los riesgos de esas armas en la Tierra, quizá llevó a las personas a buscar una idea de vida estable: estudiar, trabajar, comprar una casa, casarse, tener hijos, repetir. Una idea occidental del todo, porque ignoro si en otras mentalidades piensan distinto, aunque algo me dice que no se ha de alejar mucho de eso. La idea de orden me hace pensar en estados totalitarios, que fueron la otra cara de la moneda posguerra mundial, y que tampoco han demostrado ser la mejor opción.

Pero en la actualidad, esa mentalidad con la que crecieron nuestros abuelos y padres y abuelas y madres se da de topes con la realidad. El mundo es dominado y dirigido por los multimillonarios que tienen como único objetivo seguir enriqueciéndose a costa de la mayoría de la población mundial, quienes vivimos como clase trabajadora. Y creo que eso es lo más importante de la novela de Dara: en Huir, Dara no «habla» específicamente del crash económico de 2008, donde la burbuja del housing barrió de un plumazo a muchas economías familiares en EUA. Pero sí habla de efectos que vive una comunidad en la que «parece» que cierra su motor económico: la Universidad. Y aquí pienso en la idea que leí en Nassim Taleb acerca de que el que una economía gire en torno a un único tótem puede ser frágil para ese grupo de personas. De él aprendí que hay que diversificar las inversiones y sostenes económicos, que una comunidad no debe ser «robusta» sino antifrágil y estar preparada para las crisis e incluso beneficiarse de ellas. Cosa que en el pueblo de Anderburg, donde sucede la novela, no es así.

Anderburg, para ser sincero, siento que solo es un escenario conceptual. No logra que te importe como comunidad real, pero quizá esa sea la intención: que sea cualquier pueblo, que sea todos los pueblos que dependen de un solo empleador, de una sola industria, de un solo sueño. Y no podemos tomar como aleatorio o dato menor que sea una universidad el motor económico de esa ciudad. Al contrario, me parece clave que Dara use ese símbolo de generación de conocimiento, las humanidades, las ciencias, el pensamiento crítico, como el eje sobre el que gira la vida de todo un pueblo. No sabemos por qué cierra exactamente, pero a lo largo de la novela se vislumbra una crítica a las carreras de humanidades, a su pérdida de valor en un mundo que solo mide en términos de producción y capital. Y por ahí se asoma también una crítica más amplia al mundo como lo conocemos actualmente: centrado en el beneficio, en el retorno de inversión, en la utilidad inmediata. ¿Qué lugar queda para el conocimiento que no genera dinero? ¿Qué pasa con una comunidad que construyó su identidad alrededor de ese conocimiento y de repente se queda sin él?

Y aquí Dara critica fuertemente la idea del «sueño americano». Puede ser resultado de una sensación de orfandad, de no tener nadie «arriba» que vele por nuestro bienestar. Las instituciones políticas, empresariales, etcétera, han dejado en claro que la fuerza de trabajo no es importante para la continuidad de su proyecto de poder y dominación. Aún es pronto para saber si la IA eliminará el trabajo manual en muchas áreas de la especie humana, pero ahí está ese ejercicio que nos legaron las hermanas Wachowski en Matrix: un mundo en el que los humanos solo son usados como baterías orgánicas de una realidad que ya no nos pertenece.

De hecho, he estado reflexionando sobre cómo Puig puede haber influido muchísimo más en la literatura gringa de lo que los gringos están dispuestos a reconocer. Creo que solo he visto que DFW le dé su debido crédito a Puig, y comienzo a temer que muchos lo hayan plagiado sin dar aviso, aprovechando que antes no había tanta literatura comparada en otros idiomas para los anglosajones, y sacando ventaja de «autores y autoras desconocidas» en inglés.

Aunque, bueno, después de todo, esto de las influencias, de la inspiración en el trabajo de otros, de las referencias, los homenajes, puede no significar nada. Los aciertos y los errores, por poner un ejemplo, de Darren Aronofsky en Réquiem por un sueño no están «solamente» en que haya calcado unas escenas del trabajo de Satoshi Kon, Perfect Blue, o Black Swan/Paprika.

No lo sé. El tema de la autoría y el «plagio» son temas que me intrigan, pero me decanto más por la idea de que no hay originalidad ni propiedad intelectual. Y no es una provocación: los poemas que han sobrevivido al paso del tiempo, La Ilíada, La Odisea, el poema de Gilgamesh, son el registro escrito de algo que los antiguos cantaban. Los antiguos vieron una «pérdida» de su arte oral al pasar a lo escrito, y en la actualidad sostenemos que algo se pierde en las creaciones de la IA. Pero en su momento también se criticó a la fotografía en comparación con la pintura, al cine sonoro en comparación con el cine silente, etcétera. No creo que haya obras originales. Creo que hay mezclas que hacen propuestas que podemos apreciar desde otros ángulos. Pero ignoramos muchos idiomas, hay autores que no están traducidos. Yo digo Puig, pero porque no he leído a Gaddis, y habrá algún académico que me corregirá y mencionará a X número de otras autoras, de otros autores que yo ignoro. Como me gusta repetir citando a Wittgenstein: «los límites de mi lenguaje denotan los límites de mi mundo».

En la actualidad tenemos Internet y ahora, exponencialmente más robusto que nunca con IA, podemos acceder a más información, a más contenido, a más referencias. Estos «robos» intelectuales podrían irse dando menos o quedar al descubierto. Pero no quitarían el mérito de que cierta obra le guste a un grupo de personas, independientemente de si es un trabajo «original» o no. Porque hoy en día, cómo apreciamos y valoramos el arte tiene más que ver con su contexto, con sus intenciones y aportaciones a un grupo de personas. No hay tal objetividad.

Y esto nos llevaría a discutir sobre lo que están haciendo los multimillonarios con la IA: escaneando libros antiguos, viejos, descatalogados, entre otras informaciones, para alimentar la base de datos de las IA. Y la crítica que existe al «arte» hecho con inteligencia artificial. Y como un grupo de personas defendemos el trabajo humano por encima del de las máquinas. Sin embargo, hay personas a las que sí les gusta el resultado de la IA, que sí consumirían películas hechas con IA al completo: guiones, dirección, etcétera. Incluso sabiendo que son «robos» intelectuales y que siguen patrones algorítmicos. Yo espero no tener que ver una película enteramente realizada con IA. No me importa en lo absoluto consumir eso. Pienso en la ciencia ficción que tanto me gusta, y recuerdo también la IA que tenía la voz de Scarlett Johansson en la película de Spike Jonze, her, en donde ella le hacía ver a un perplejo Theodore Twombly que las «computadoras» no necesitaban de bases físicas para «ser», que incluso su «tiempo» se movía a otras velocidades. Y en eso resuena en mí lo que mencionan Bryan Appleyard y James Lovelock en su libro Novaceno sobre la civilización del futuro: el hombre se está quedando «atrás», basándonos en nuestra escala temporal, entre otras cosas que nos diferencian de las IA, de los cíborgs.

¿Por qué defendemos tanto lo que hace el hombre? Muchos biólogos, zoólogos, antropólogos, arqueólogos y un sinfín de documentales del reino animal nos han demostrado que hay más especies creando universos increíbles a nuestro alrededor. Sin ese afán humano de documentarlo todo y registrarlo, sin esa búsqueda por medio de la ficción de asir la realidad de una vida que se nos antoja inmensa e inabarcable, sin que seamos capaces como especie de comprender en su totalidad la complejidad de la vida y todas sus aristas.

Cuando leí Herederos del tiempo, de Adrian Tchaikovsky, o El problema de los tres cuerpos, de Liu Cixin, me asombré de sus propuestas de imaginar otras formas de organización de especies distintas a la humana, otras maneras de generar y transmitir conocimiento. Pero también a universos como los de las termitas, que construyen mundos propios inmensos; o la percepción de que son capaces las aves, que a su modo crean ficciones, aunque sería injusto clasificar sus existencias con conceptos humanos. Por eso siempre coloco a Emmanuelle Pouydebat como una de mis autoras de cabecera, porque ella propone que se dimensione y aprecie la inteligencia de acuerdo a cada organismo o ser o cosa que existe en el universo, y que la valoremos en su justa medida.

Y la novela de Dara, al fragmentarse y no dar totalidad, está haciendo algo parecido: valorar cada voz, cada fragmento, cada inteligencia en su justa medida. No hay una sola historia, no hay un solo héroe, no hay una sola tesis. Hay un enjambre de voces que, como las termitas, construyen un mundo sin saber que lo están haciendo.

Más allá de quién sea la referencia de Dara, que como nadie sabemos quién es Evan Dara, ignoramos quiénes sean sus influencias, y poco o nada deben importarnos, lo relevante es que dichos mecanismos literarios funcionan en su novela y ayudan a sostener su propuesta literaria. Brindan esa no-totalidad de la microhistoria que dota de un alcance más universal a lo que nos narra. Todo esto me resuena aquí:

«Así avanza el mundo, con funciones discontinuas, con la ruptura como el semillero de la revelación. Esto sería un acto enorme de apertura a lo nuevo. A lo bueno, como dices tú. El tema A se convertiría realmente en el primero de una secuencia de nuevos…
Totalmente, hombre, no al revés, continúa Carol.
Será el catalizador que cambie las dinámicas de nuestro puñetero campo de acción. Que nos saque de verdad de nuestros patrones de conducta.» (159-160)

Independientemente de que sea nuevo o no lo que nos propone Dara, es un «recomienzo». Es una historia que transporta a otras historias que nos pueden llevar a cuestionarnos cómo funciona el mundo que nos rodea, o cómo es que creemos que funciona, incluso después de revisar la historia, de leer y releer y traducir y traducir de nuevo a los clásicos. Y retomo lo que estaba diciendo antes sobre esa idea de «establecernos», de «llegar a una meta». Quizá por ello el juego y los deportes juegan un papel determinante en nuestras vidas: nos permiten abrigar la falsa esperanza de que «concretamos algo», de que podemos aspirar a un récord, a una marca, a vencerla, a superarla, a robustecerla, a complejizarla. Pero es un espejismo. Es la idea de progreso que tanto critica mi adorado John Gray, y también la crítica de la superación del hombre como especie, de un súperhombre, cuando en realidad es solo lo que hacemos mientras nos morimos, en lo que nos entretenemos mientras dejamos de existir.

Dara, en su búsqueda de abarcar un mundo inmenso, por medio del personaje de Marcus nos propone que hay quienes se benefician de la crisis sin ser conscientes, y terminan desarrollando planes que podrían terminar siendo nuevos espejismos. Marcus me recordó al cortometraje que dirigió Sean Penn sobre las Torres Gemelas, parte de la película colectiva 11’09»01 – September 11 (2002). En ese corto, un anciano que vive solo y en las sombras del WTC ve recuperada la luz y la luminosidad en su apartamento cuando estas caen. Un recordatorio de que las tragedias de otras personas pueden, incluso indirectamente, ser benéficas para otras. Pero no hay una salida en Dara, no hay un personaje antifrágil. No creo que haya una propuesta de salida en esta novela, no siento que lo esté buscando.
Y tal vez por eso el título: Huir. No como escapada, sino como movimiento perpetuo. Como ese reinicio constante del que habla la cita. Como la imposibilidad de llegar a algún lado.

Al final, la pregunta que Dara pone en boca de un personaje es la que nos interpela a todos:

«—Entonces vale, lo pillo, todos lo hemos pillado: todo se reduce a números. La existencia es cuestión de cantidades, de sus relaciones y revelaciones y juicios. Y eso está bien; eso es absolutamente genial. Pero en una época de entidades numéricas brutas, exenta de ordinales y numerales, ¿por qué yo no cuento?» (p. 212)

En medio de todo eso: IA, algoritmos, termitas, fragmentos, crisis, reinicios, la pregunta sigue siendo humana, pequeña, desesperada: ¿por qué yo no cuento? Y quizá la respuesta sea que contamos justo en la medida en que nos hacemos esa pregunta. Que contamos en el momento en que, como lectores de Dara, como principiantes eternos, seguimos rumiando.

Fotos: Be.

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